15 de noviembre de 2011

Silencio Gutural




El moretón violáceo la desconcierta. Lo sé, ella lo sabe, incluso él lo sabe. No lo ocultamos, porque la pasión no se oculta. No lo olvidamos porque los errores que se desean repetir son los más sabrosos, los más deseosos, los más odiosos, los más agónicos. Son deseos subterráneos de dientes blancos y saliva caliente. De amaneceres dormidos y caricias suaves que realmente no son caricias. Por eso el moretón violáceo la excita. La lleva de la mano al rincón de su mente donde se repite perpetuo el recuerdo de un mordisco apasionado y tranquilo. Donde su pezón se irritó en el pecho áspero, y su hondura se llenó de gemidos angustiados. Donde ella olvido ser ella y se convirtió en un saco gelatinoso de miles insondables, uñas enterradas, piernas amarradas y murmullos delirantes que se juntaron en el espacio recóndito de un armario cualquiera. Pero tras la fachada libertina de una sonrisa pícara, una lengua juguetona y un mordisco suave entre los labios… el moretón violáceo la angustia. La angustia porque lo desea, la angustia porque lo guarda, la angustia porque es entre tantos placeres su preferido. Sin embargo, ella no dice nada… Se fuma un cigarrillo lentamente y sonríe antes de irse, sin más recuerdo que el recuerdo del moretón violáceo… ya desaparecido.

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