La niña coge el lápiz
y escribe…
La niña que sorprende se agobia entre las sombras dormidas de su recámara
oscura. Ya la niña no siente, se detiene en el tiempo como espectro otoñal de
amaneceres clandestinos. Es pequeña, de sonrisa contagiosa y cabellos rubios
lacios que se desintegran al tocarlos. La niña sonríe, se esfuerza por
articular el deseo que se le atraganta en el pecho. La crayola se le escurre de
los dedos y golpea el suelo con la fuerza inclemente de un objeto en picada. Es
la misma impotencia que siente cuando llora en las noches por su madre o cuando
el hambre le abarca las tripas vacías de la espera. La espera de lo que nunca
vuelve. Aun así la niña sonríe, deseosa de encontrar felicidad en sí misma. Deseosa de volver a ser niña, de volver a olvidar lo que ya vio. La niña… no es tan niña
nada. Atrás dejó los juegos infantiles, las barbies rubias de anatomía incorrecta.
Atrás la inocencia y la decencia… Ya la niña es mujer. Ya la niña no es niña.
Ya es solamente la embarcadura solitaria de su propia esencia. ¿A dónde fue la niña?
Se perdió en los pliegues arrugados de su propia vejez. ¿A dónde fue la niña?
Se escondió tras la puerta vacía de lo que nunca fue. Y la casa solitaria la
sufre… porque la niña era espíritu libre, pureza exprimida, luz nostálgica del
vivir.
La niña toma el lápiz y escribe… estas líneas vacías, sonámbulas de
sentido. Escribe su recuerdo, antes de desaparecer.

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