11 de octubre de 2011

Ausencia


Se me va la vida haciendo letras
Imaginando un futuro en donde puedas
Acorralarme entre tus piernas.
Necesito una razón para mi espera…

Porque la vida se me va cambiando estrofas
Rememorando las memorias
Olvidando las respuestas
De un amor que no regresa.

¿Y donde estas que no te he visto?
¿Dime, niña, donde guardas el cariño?
¿Cómo aferrarme a tu mirada si no estás?
¿Cómo amarte si te vas?

Dame un sí que no se oiga
Que me transmita la memoria
De un atardecer más en tu interior
Donde el reparo se perdió.

Dame un no que no me duela
Que me derrita en tus riberas
Que me extienda las fronteras
Y me detenga el corazón.

¿Y donde estas que no te he visto?
¿Dime, niña, donde guardas el cariño?
¿Cómo aferrarme a tu mirada si no estás?
¿Cómo amarte si te vas?

¿Cómo amarte si te vas?
¿Cómo aferrarme a tu mirada si no estás?

Ya no recuerdo tu silueta
Porque te has ido entre las nieblas
Y me miente el recuerdo de tu voz…

¿Y donde estas que no te he visto?
¿Dime, niña, donde guardas el cariño?
¿Cómo aferrarme a tu mirada si no estás?
¿Cómo amarte si te vas?

27 de septiembre de 2011

Querías matarme...


Querías matarme, eso decías, querías arrastrarme a las olas del saber sobrepoblado. Alumbrarme las alforjas recónditas del sueño y adorarme como se adora lo pasado. Eres la epítome perdida de un subterfugio emocionado, de un andar tranquilo sin amaneceres de resguardo. Es como fabricar dulcemente el sentir arrebolado de un día más que no se pierde, de un anhelo más que no se guarda, de un susurro más que he perdido y un amor cocido en las pestañas. ¿Cómo abrazarte entre lamentos? ¿Cómo sentirte entre suspiros? Eres el recuerdo excitante de lo que nunca ha sido, de lo que jamás sonó como coda aleteante de mi sabiduría. Eres aquello que se pierde en los rincones dormidos de la vida.

Y sin embargo, querías matarme, eso decías. Querías odiarme entre susurros lagrimados, entre el deseo yuxtaposicionado y el ánimo de gotas succionado. Querías sentirme, es el problema, querías saber de dónde saco el material húmedo de mis versos lejanos, de mis noches perdidas, de mis torturas frugales de besos intoxicados. Querías matarme, mas no corpóreamente, eso lo sabes, confiésalo entre suspiros solapados. Sé me fiel en las sonrisas, no te pierdas en la penumbra sigilosa del pasado. Augúrame un momento entre tus brazos, profetízame el placer de tus pedazos, y luego mátame lentamente, arrebátame el aire entre tus dedos, desmáyame el alma entre tus brazos y déjame, déjame moribunda en las sábanas vacías de un retrato que te cociste en la mente para olvidarte de mis labios.

Querías matarme, eso decías… Aprovéchame ahora… Ahora que te estoy esperando.

26 de septiembre de 2011

Necesito Inspiración


Necesito inspiración… de esa que sobra en los burdeles y hace falta en los mercados. La que se hace con ojos lagrimosos y es vital en las noches de amor desenfrenado. La que se hunde en hogueras de cemento y me agobia el pensamiento entre andares ajetreados.

Es como la versión sin talento de algún martes sopesado donde la agonía de sentirme otra me descompone los pedazos. Ya desconozco a donde voy, caminando, tropezando, con la necesidad innata de encontrar la musa estática de mis versos pasados.

¿Dónde deje las manos inquietas que en otro estado tocaron extasiadas el ofrecimiento tieso de un revolcón regalado? ¿Dónde guarde las ansias locas de sentirme sexy en un par de botas y el cabello esmorusado? Era la versión amoratada de una lágrima salada en éxtasis noctámbulo de labios hinchados.

Y suspiro ciegamente a oscuras en mi recámara, ya vacía de amores clandestinos o versos húmedos que se pegan a la almohada. Ya desvestida de aromas que no sean jabón Purex con olor a desayuno empaquetado. Es la vieja historia de buscar lo que se tiene, lo que se esconde, se guarda en el fondo del ser por no revivir los viejos pasos, deseos, frustraciones, soledades encaprichadas de un beso furtivo de alguien que jamás te mira más allá de los ojos, o te consuela mas allá de la cama.

Necesito inspiración… Inspiración soleada de la que brilla en los rincones como un destello de ser en mis pestañas. La que me enseña a diario que la vida es la pena calmada de quien se propone lucharla. Necesito inspiración de la que gime entre orgasmos agónicos que revuelcan las sábanas. Necesito inspiración, necesito ansias y quizás (¿Por qué no?) un poco de sexo sudado que me haga sentirme más cerca del cielo, más caliente que el infierno y en medio del calvario agudo de un grito solazado.

¿Pero de que hablo? Si la inspiración la guarda el deseo andariego de morderte el hombro, de besarte el cuello, de violarte a oscuras en un local abandonado. Enséñame a tocarte, a alcanzarte sin sentir demasiado, que los sentimientos peligrosos me los guardo. Me los encadeno al alma y luego los suelto, revolcados, para que compongan las letras furtivas de un poema oxidado. Así que inspírame… Inspírame el deseo degenerado que en otra época lambió mi mejilla y susurró en mi oído mil palabras vergosas, sudorosas, y algún amor de mentiras que me robó el aliento... por un rato.

25 de agosto de 2011

Fanática de lo imperfecto


Soy una fanática errática de lo imperfecto.

Me gustan las prendas defectuosas de colores que una vez fueron brillantes, burbujas de aire en cristal que de otra manera seria perfecto o de madera rallada que olvidó ya su procedencia de roble partido en dolor... prendas con el encanto perdido de una cantante sin voz.

Me gustan las camisas manchadas, con los colores raidos, la tela desgastada y el uso constante de trapo viejo sacado de algún rincón oculto donde tomó, por obra del espacio, un olor permanente de humedad y calor.

Me encantan los pantalones rotos, la sensualidad de una rodilla asomando por entre el pantalón, la necesidad de tomarla y el alivio constante de verla pasar.

Me gustan las narices viradas, torcidas un poco, para demostrar el carácter altanero de un hombre cualquiera que se deshace al hablar y olvida en desaires de ego que su orgullo no da para más.

Soy fanática de lo imperfecto. ¿Para qué negarlo? Si la lista estática de mis viejos romances, mis viejos intereses, que se pierden en un arrebato pasado y un murmullo profundo de un adiós pasajero, dejan la huella de los hombres imperfectos con los que cubrí mis noches. Pero son los defectos lo que hacen de un hombre ese “algo” interesante que evita poder sacártelo de la mente, del pecho. Un hombre interesante… un hombre lleno de defectos pero con una inteligencia nata, sembrada, arraigada. Un hombre que abre los labios y me da un orgasmo mental, verbal, de palabras bonitas que serpentean longitudinalmente sobre mi piel. Un hombre que, acumulados sus defectos, igualen los míos.

Soy una mujer que quiere sus defectos, lo cual hace de mí una mujer difícil. Hay defectos irremediables, hay defectos cambiables, hay defectos queridos. Los irremediables los acepto, los incluyo, los soporto en mí porque no los puedo cambiar. Los cambiables, intento, cada cierto tiempo, eliminarlos poco a poco de la esencia del ser. Pero los queridos…. Ah, los queridos son mis defectos perfectos, los que no hay quien me quite, aunque pueda, porque me definen, me declaran la mujer, la loca, la fanática errática de lo imperfecto que se sentó entre delirios de prosa a escribir la imperfección acrobática del ser.

Fanática de lo imperfecto… ¡Que ironía! La mujer que trata continuamente de ser perfecta, ama las imperfecciones. Es como el intentar llevarte arduamente la contraria simplemente para encontrarte de nuevo, descubrirte en los arrebatos perdidos de una bailarina de pies planos que nunca supo volar. Soy lo que soy porque así me creo… Soy lo que soy porque así lo quiero… Y hoy… Hoy amo mis defectos como las historias recurrentes de un suceso mayor. Es el saberte completa, de rabo a cabo, como lo inefable conoce al destino. Es manufacturarte sobriamente entre los restos de un pasado inconcluso y un verso sin voz.

La mujer de la prosa maestra, del verso cantado, de la idea fugitiva de esencia y razón… La mujer que ama las imperfecciones, se reconoce imperfecta porque la perfección es etérea, es abstracta… La perfección es contraste y el contraste… Soy yo.

22 de agosto de 2011

A ti... para que me entiendas





A veces hablar contigo es como hablar con una pared. Es una pared muy amable, de palabras bonitas y palmadas en la espalda, pero sigue siendo una pared. Nada cambia eso. Es como si el sentir arrebolado fuera un “algo” irreverente y desconocido para ti. Quizás es por eso que es tan fácil dejar salir las emociones ante ti. Porque no pareces comprenderlas, porque no pareces entenderlas, entonces no importan demasiado. No importan si nadie las comprende, lo importante, lo realmente importante es que solo yo las entienda. Pero me engaño, porque sé que al final, entiendes más de lo que dices. Preguntar es para ti como una necesidad, como un vómito verbal que no puedes controlar. Lo entiendo. No lo práctico, porque en mi las preguntas ya han perdido significado. El tiempo de intentar darle explicación a todo en la vida me paso volando por el lado. Soy espectadora. Me gusta mirar, ver los rostros llorosos, las expresiones perdidas, la necesidad efímera de la mirada. Me gusta escuchar, sin preguntar, porque hay veces que las preguntas sobran. Especialmente cuando se les conoce la respuesta.

Y me pierdo, me pierdo en este escrito porque la realidad es que comencé a escribir sin tener un propósito concreto. Eso me sucede mucho en los últimos tiempos. Como si la necesidad de empuñar algo, cualquier cosa, se me colara en los momentos lúcidos y me interrumpiera el pensamiento. Pero volviendo a lo que decía hace ya algún tiempo, a veces me pierdo porque quiero. Es parte de mí. Me define el perderme porque es solo perdiéndome que me encuentro. No tienes que entenderlo. Es fácil, es mi acción primaria ante la vida. Perderme siempre… en el sentimiento. Cualquiera. Lo importante es expulsar las ansias agónicas del pecho. A veces es la rabia, a veces el deseo, a veces es la pena, otras simplemente el miedo. Perderme siempre, por un tiempo. Luego surjo yo de nuevo, entre las lágrimas furtivas de una mujer destrozada. Porque dije en algún momento, que el masoquismo errante que me mueve, la necesidad intensa de dolor constante, es la que motiva mi talento. Todo toma entonces un tono motivador, seductor, triste, arrebolado, secreto. Todo hace sentido porque nada hace tanto sentido como el sufrimiento. ¿O acaso no te he dicho nunca, que por más que soy un libro abierto, existe un área mas allá de lo entendible donde entrar en mi mente es entrar en un trágico y oscuro reino donde todo tiene un significado dolorido, agotador y dolorosamente sediento? Es un sitio donde el dolor y la lujuria se unen sin remedio. Donde el placer y el olvido forman parte del juego. Donde llorar y reír son acciones simultáneas, imparables, como el vómito interrogativo que te sale del pecho.

Y créeme cuando digo que yo te di nada espero. No fue un reto, fue un hecho. Porque la realidad es que la paciencia no la tengo. Y me rehusó a irme, no porque retes mi cobardía, sino porque con el pasar del tiempo he aprendido mucho sobre lo inútil que es huir, porque al final igual se pierde lo que no se quiere perder. Por eso me quedo, por salvar una fracción del sentimiento, de la amistad, de la necesidad de encontrar alguien frente a quien soy capaz de llorar sin que el orgullo se quiebre en el intento. Y sé que te hace sentir mal, porque verme llorar no es tu anhelo. Pero yo necesitaba precisamente eso. Alguien que me permita llorar, en silencio. Y aunque sé que contigo el silencio dura poco, yo me impongo, yo lo intento. Así que déjame ser, déjame llorar, al menos un ratito en silencio. Sin hacer preguntas. Sin necesidad de respuestas. Déjame enseñarte mi otra cara, la que ha nadie enseño. Déjame sacarme la máscara y sentirme, por una vez en la vida, desahogada. Dejar un segundo de ser la protectora, la que cuida, la que alienta, la que ayuda, la que se esfuerza, la que intenta insuperablemente ser el todo necesario, la pega… Porque intento superarme a cada paso, y cuando al final, todo el peso de la necesidad efímera de ser perfecta se me arrebola en el alma, necesito alguien que me entienda. Que me entienda… No es difícil entenderme. No es un reto. Es tan simple como verme. Porque mis verdaderos colores los llevo pintados en cada rasgo, en cada palabra, en cada roce y gesto de mi cuerpo. Y no espero mas nada, simplemente eso.

Y sonreía cuando dijiste que yo esperaba más que eso. Porque me ha quedado claro, hace ya mucho tiempo, que de ti nada obtengo. ¿Por qué crees que me negué antes al pedido en común que me hicieron? No es por tímida, no es por tonta, es porque de nada me sirve el intento. Porque la camaradería llega hasta un punto que no sobrepasa lo externo. Y me das y te doy. Y me muerdes y te muerdo. Y te acaricio el cabello. Y yo lloro y tú me abrazas. Y tú preguntas y mis respuestas son mayormente silencio. Pero jamás saldrá de mi sobrepasar una barrera que estipulamos existía, hace ya algún tiempo. Así que olvida lo demás, yo lo pongo en practica (y no digo que lo intento porque siempre me refutas) así que digo más bien que lo practico. Olvido lo demás, lo esquivo como las balas idiotizadas de algo que pasará. Ya te dije alguna vez que nada dura para siempre. Así que se mi amigo, como yo trato de ser tu amiga. Escúchame, consuélame, se el paño de lagrimas que nunca he tenido y entiéndeme. Yo, de igual forma, pongo de mi parte para hacerlo, para entenderte. Pero no me exijas, no me oprimas, no me presiones. Déjame ser… Déjame ser en mis silencios.

27 de julio de 2011

Emocionalmente Psicotizada


Parafraseando las verdades porque guardo silencio cuando el deseo de gritar oscila el alma. Porque gritar nada resuelve excepto quizás el desahogo momentáneo de la estrechez cacofónica de sentirse vacio. ¿Hace eso sentido? Quizás. ¿De qué vale averiguarlo? Ayer experimenté la tristeza, la soledad angustiosa de llorar sola, escondida pero esperando inevitablemente ser encontrada. Es el sentimiento enorme de soledad in-compartida, de una necesidad imperativa de sentirse buscada. Es ese deseo de que alguien aparezca, se siente a tu lado y simplemente te haga compañía. Sin decir nada porque no hace falta. Simplemente estar ahí a tu lado como la sombra de la sombra de un cariño entretejido. Suspirando en tus suspiros, sollozando en tus sollozos, sonriendo tristemente al ver tu rostro bañado en agua salada. Es la falta de atención del alma. Increíble que hasta el alma tenga necesidades emocionalmente “psicotizadas”… una de mis palabras… que poco a poco cobran sentido de diccionario dominical. Al final de todo, sigo sin gritar. Quizás deba gritar… pero no grito. Es ajeno a mi persona. Mentir… mentir es mejor. Es más fácil. Por eso miento, y miento… inventando verdades que no son, parafraseando las verdades verdaderas, monopolizando el sentido de mi historia y comiéndome por dentro la necesidad de ser yo. Porque aquello que oscila lo hace temporeramente, nada es para siempre. Nada es para siempre. Por eso sigo… parafraseando las verdades porque guardo silencio cuando el deseo de gritar oscila el alma.

22 de julio de 2011

Ella es libre. Yo no lo soy.


El medio gris de la materia, ese es el dilema. El estado sin forma de lo que se dice, de lo que se expresa pero queda como llama flotante en el viento. Como una invisible declaración de guerra, de olvido, de silencio forzado… es la unidad del gran signo interrogativo. Porque yo de poeta ya nada guardo, he olvidado mis rimas, mis diccionarios efímeros de prosas yuxtaposionadas a la noche de bohemia que olvidé en algún asiento de una barra cualquiera. Porque ya no me reconozco. Porque olvide mi musa en algún sitio, y a medida que el tiempo se desliza por entre las calles vacías de la angustia constante del ser, ya no puedo sino desprenderme de lo que era. No puedo dar vuelta atrás. Sería ir contra mí misma. Contra la persona que se forma poco a poco. El ser acorazado que camina sigilosamente por mi carne. Que sensación más extraña la de verte en el espejo y percatarte de que ya no eres quien pensabas. De sentirte como si la vida hubiera soplado en tu contra y el alma se te hubiera desprendido del cuerpo. ¿Dónde está la lucha? ¿Dónde está la pasión arrebatadora de noches inolvidables y momentos solitarios en los que nunca me vi sola? Los momentos de bailar al ritmo de la bellonera que nadie escucha salvo yo. De aferrarme al cuello de un hombre que no volveré a ver mañana y sentirme momentáneamente enamorada del amor, vagabunda eterna de una calle desierta y mil pecados puestos, sin prisa, en la lista de espera. Ya no me reconozco. ¿Quién soy? ¿Y por qué en mi mente nunca soy lo que veo en el espejo? Preguntas sin respuesta. Una más de las grandes interrogantes de la vida. Quizás siempre he sido así. Quizás simplemente imaginé la cadena sonámbula de momentos pasajeros. Quizás la soñé en algún momento como se sueña lo prohibido, lo que es imposible de realizar salvo en uno que otro desprender del alma. Pero lo recuerdo tan vivamente. Los nervios atroces, la confianza excesiva en mí misma, en quien soy, en lo que pienso, en lo que creo. Lo que creía no iba mas allá de esa noche, de ese sentimiento perpendicular que se apoderaba del ser, y volvía como sangre helada en las mañanas. La chica de las noches de pasión desenfrenada… La que nunca existió. La que se hizo entre mis letras, y desparramó su sangre entre mis carnes. La que fabuló mil recuerdos compartidos, la chica sin substancia… pero la chica sin substancia era libre. Yo no lo soy. Ella era libre. Quiero traer de vuelta la muchacha fugaz de atardeceres eternos. La que cuando me miraba a través del espejo sonreía coqueta y decía “¿Por qué no?”. La que nunca pensó demasiado hacia donde iba, lo importante siempre era el camino. El ahora que no regresaría. La que se alzaba la falda de gitana y enseñaba las piernas en medio de la barra, la que se subía a la tarima y declamaba la pasión y la ira eternas de ser una mujer de la noche. Mujer sin hogar fijo, sin lugar fijo, de encuentros violentados, la chica que no se olvida. ¿Dónde quedó ella? La habré dejado olvidada en algún estacionamiento vacio, una de esas noches extrañas en que el deseo podía más que la razón irracional que la llenaba. A veces pienso que la escondí en la gaveta aquella que nunca abro; y que si me asomo la veré de nuevo sonriendo coqueta, diciéndome otra vez con los ojos que la noche nos espera. Me partí en dos. Me partí en dos. ¿Y ahora como recupero mi unidad? ¿Cómo la uno sin que se apodere de mí? Es capaz. Ya lo hizo alguna vez. Y la siento llamarme con sus rimas consonantes, sus pasiones alcoholizadas, y sus palabras erotizadas. Clítoris de la poesía. Amante de los imposibles. Creadora de nubes de humo que jamás se quedan, pero mientras están… Volver a bailar sola en el medio de la nada, en mi mundo especial donde el ahora, el ellos, el soy, no existen. Volver a bailar en el callejón repleto y volver a sentir un desconocido acercarse sin poder evitarlo. Verlo sonreír y saber que esa noche no bailaría nunca sola. Que mi danza había sido escuchada. Que mi grito hormonal había llegado hasta donde él. Sabía lo que era coquetear sin pudores, decir las cosas sin etiqueta, desechar el protocolo errante de la plática inicial y saltar sin treguas a lo importante. La chica sin substancia aparentaba tan bien tenerla. Era la misteriosa, la interesante, la que decía más con una sonrisa que con mil palabras pasajeras. Pero ya nada me queda sino las palabras pasajeras. Siento que me repito… Que me repito, me doblo en mí y me pierdo lentamente. ¡Sálvenme! Pero nadie escucha. Porque no me reconocen. Esa chica insegura, de libros hasta el cuello, corazón sangrón crucificado de hierro, y rizos cortados y disparejos no es la chica que era. Nadie salva a la aburrida. Nadie busca la chica sin chispa. Nadie interesa la pasión tranquila de la que se guarda con locura el sentimiento. La desean a ella. A ella. Pero ¿cómo traerla de regreso? ¿Deseo traerla de regreso? A veces sí. A veces la necesito, a veces la extraño, a veces… Me sigo repitiendo. Porque soy lo que no soy. Porque deseo lo que ya tuve. Porque olvidé que ella me hizo. Ella me formó. Ella me parió entre lágrimas viscosas alguna madrugada eterna en que decidió que ser bohemia no la llenaba. Esto tampoco me llena. Esto me come, lentamente, como animal voraz de la razón existencial de murmullos vacios. Esto se me desprende y no me deja ser. Traer de vuelta la chica de cabellos largos que flotaba al caminar… suena como tarea imposible, peligrosa, de amaneceres efímeros que tampoco valen demasiado. No deseo repetirme. Pero me repito. Es imposible no hacerlo. Y otra vez vuelvo a ese estado gris de la materia. Al dilema noctámbulo de ser lo que no soy porque no puedo ser lo que era. De estar donde estoy porque no puedo estar donde deseo. De soportar mis realidades a cuchillo de palo, sin vida mas allá de la madera. Y al mirar los ojos, aquellos ojos que guardan el secreto de lo que no se dice, aquella se revuelve dentro de mí, y me destroza los oídos gritando que la deje salir, que la despierte de una buena vez y por todas. Los ojos que me atormentan… ¿Son los míos? No. Son ajenos. Son genéricos. No deberían interesarme ojos ajenos, no deberían molestarme ojos genéricos… A ella no le importarían demasiado. Ella se reiría antes los ojos, suspiraría, les daría la espalda e iría socarrona a buscar otros ojos que la arrebolaran. Ella es así. Efímera. Sin forma. Ella es libre. Yo no lo soy…

4 de junio de 2011

El mapa de mi soledad




¿Cómo decirte lo que siento?
Verás, llevo sola mucho tiempo
y me acostumbré
a la manía de comer de pie,
fumar deprisa,
beber a solas,
caminar medio dormida,
y, quizás, de roncar en sílabas
como orquesta en staccato.
Duermo espatarrada
en el mismo centro de mi cama
y suelo caminar desnuda por la casa.

No como si no quiero,
duermo como brócoli,
en estado vegetal
casi muriendo.
Consiento a mi perro,
un tanto en exceso,
y no me baño en las noches si no quiero.

¿Cómo explicarte lo que debo?
Verás, llevo sola mucho tiempo
y dejó de importarme la rutina,
salgo, voy y vengo como plazco.
Ya olvidé, sinceramente, la sonrisa
que se usa para ser hipócrita y falso.

A veces me desvelo,
simplemente porque puedo,
y rememoro silenciosa
el silencio oscuro del recuerdo.
Otras veces me desvelo
reviviendo entre suspiros,
el reflejo de un orgasmo pasajero.

Debería mencionar,
que detesto el ruido en exceso,
apenas hablo,
no grito,
ni en el arrebato de pasión
más desenfrenado que recuerdo.
Soy adicta al internet,
a los cuentos eróticos,
al facebook pendejo
y a los juegos de guerreros.

No escucho nada
cuando el televisor esta encendido,
y, pregúntale a quien sea,
para que veas
que lloro como idiota
y suspiro entre gemidos
en los anuncios tristes
de animales malheridos.

¿Cómo decirte lo que siento?
Verás, llevo sola mucho tiempo
y a veces me pierdo,
a veces no me encuentro,
pero sigo, subsisto,
porque el corazón me lo han forjado en hierro.

A veces olvido que el amor existe,
porque en todo este tiempo,
jamás ha tocado a mi puerta
y he logrado convencerme
de que yo tampoco lo espero.
Pero me miento,
y ésta es, quizás, la parte más importante
de todo este enredo.
Porque, verás, aunque llevo sola mucho tiempo
jamás he perdido la esperanza
de vivir ese nudo de pasiones infernales,
que con el pasar del tiempo
lleva a esa proposición masticada
de verja blanca y anillo al dedo.
Y es por eso,
precisamente por eso,
que llevo sola tanto tiempo.

Porque busco alguien que me quiera sin miedos,
que me saque a pasear,
al cine, a cenar,
que cuando me mire
se le note el desenfreno
y que se atreva a besarme
sin rodeos, sin pedir permiso
y que cuando me toque
– ¡oh, cuando me toque! –
la piel se me ponga de gallina,
el deseo me transpire por los poros
y no pueda dormir del dolor
que el corazón exaltado
me cause en el pecho.

Importante es, que no espere,
inmediatamente sexo.
Que no me saque a beber
con intenciones nebulosas.
Que sea un caballero,
que me abra la puerta,
y me saque la silla.
Que cuando me susurre al oído,
me muerda la oreja;
que me tome de la cintura,
y me acaricie la espalda.

¿Cómo finalmente resumirte lo que siento?
Verás, llevo sola mucho tiempo
Pero mejor sola, a vivir contigo entre lamentos.
Mejor pasar sola mucho más tiempo,
a tener tus huellas de cobarde
impregnadas en mi piel,
abrazándome el recuerdo
de una noche en tus brazos
en que me odié cada momento.

Así que, verás,
aún cuando llevo sola mucho tiempo,
no pienso, ¡jamás!,
arrastrarme de nuevo
por un beso efímero
y el toque andariego
de aquel que no verá jamás
salir el sol entre mis senos.

Madrugada del 1 de junio de 2011

A veces recuerdo



A veces olvido…
Olvido el susurro profundo
que dabas en las mañanas;
el momento en que tomabas,
apresurado, la taza de café junto a la cama,
mientras te ponías, maldiciendo, la corbata.


A veces olvido…
Olvido que te fuiste
mucho antes de dejarme
y que lentamente evaporaste
el sentimiento agónico de ser amantes.


A veces olvido…
Olvido que te tuve en mi vida
como sombra pasajera
de un pasado mejorado en mis caderas.


A veces olvido…
Olvido lo difícil
que es recordarte…





Madrugada del 1 de junio de 2011

Párpados Posados



Labios prestados que enloquecen mi sentir;
labios que se niegan a olvidar,
y nada dejan sin decir,
murmullando silenciosos,
entre tu tronco y mi raíz,
el tiempo que amarrado en el armario
ticktea moribundo mi fin.

Porque un mar se nos viene
y, tedioso, se abraza y se rompe,
se acorrala y detiene,
entre la silueta del hombre
y el parpadeo de ella.

Ella con sus existencialismos,
su dama de nieve al ataque del cañón,
con palabras rebuscadas
entre lágrimas pausadas,
su fumar apresurado,
su risa amargamente profunda,
y la ocupación de vivir sobreviviendo,
amando, mas diciendo:
“No me ames, te lo ruego”
con aquél beso robado.
Él, el que se roba sus suspiros,
sin saber que existen
y no mira más allá de su presencia.
Él, el que no me mira…
No me mira a los ojos cuando le hablo.
¿Por qué no me miras a los ojos,
hombre de cavernícolas proclamado,
de cabello raso y paso fino aplicado,
lobo estepario, vagabundo errado…?
Dime, ¿por qué no me miras cuando hablo?

Ella me dijo alguna vez, gritando,
que yo, testaruda y cínica, no he dejado
que nadie me ame como yo amo.
Pero, ¿cuántos de los gatos,
los gatos mal armados,
que han por mi vida desfilado,
y en mis carnes maullado,
ha deseado realmente un pedazo
del órgano encarcelado
entre costillas y pulmones deteriorados?
Y ella dijo: “Él te habría amado”.

¿Él? El que no sabe… sabía
que existía mi armadura
de papel trazado.
Él no imaginaba mi locura,
mis arrebatos de dulzura,
mis deseos de patalear y gritar,
de mandar al carajo,
a cuanto idiota he olvidado.

Él no me mira a los ojos…
Él no sabe que su abrazo…
Él no sabe… sabía
que aquel ligero “Ten cuidado”
llegaba tarde al reparto.

Y recuerdo, de nuevo, que él…
Él no me mira a los ojos…
¿Por qué no me mira a los ojos
cuando le hablo?
Ya no me mira a los ojos…
¡Oh, pero cuando me miraba a los ojos,
aquella vez que me miró a los ojos,
me arrancó de golpe el aire del pecho
y me dejó tiritando, sudando,
ante la agonía profunda
que se ocultaba en sus charcos!
Charcos oscuros…
Párpados posados.

Originalmente 11/18/06
Revisado 4/30/11

2 de junio de 2011

Para decir adiós


La chica de cabellos oscuros entró corriendo al hospital con el sentimiento de desesperación paralizado en el pecho. Había sido uno de esos días – bueno, uno de esos meses o años – en que nada salía como lo esperabas. Había perdido su trabajo y su carro había muerto gracias al impacto inoportuno de un hombre que guiaba dormido. Ahora, con un giro hacia lo realmente horrible, aquella llamada recibida en la madrugada. La que la sacó de la cama con el pánico en la garganta, con la voz pausada de su madre al otro lado y el silencio prolongado de la impresión muda.

Irónicamente, afuera el sol brillaba intensamente anunciando consigo la magnífica llegada de un verano idílico. Adentro, sin embargo, el blanco clínico de las paredes en conjunto con los rostros tétricos de pacientes y familiares hacían de aquel lugar un espejismo de esperanza, una fachada brillante de mataderos y disecciones sangrientas. Aquel lugar era su pesadilla constante, el único sitio que realmente odiaba en el mundo. Las paredes le causaban claustrofobia y la acosaba el sentimiento de no saber consolar a la que lloraba desesperada en la silla junto a la suya. Especialmente, cuando esa persona era alguien querido, alguien amable que siempre había estado ahí para ella. Especialmente, cuando era su madre.

Guiada por letreros, con la tenacidad de quien odia pedir direcciones, llegó hasta la sala de espera del área de cuidados intensivos. Se detuvo, por fin, un segundo y respiró profundo antes de mirar alrededor. Un segundo para sí antes de ser devorada por la retahíla de familiares necesitados de un abrazo o una palabra de consuelo. Antes de tener que afrontar la mirada triste que se ocultaba tras una fachada eficiente en los ojos de su madre. Un segundo para recordar. Un segundo… que se fue rápidamente cuando el cuerpo menudo de su madre la abrazo de repente.

Él la había esperado, le decían. Que había esperado por ella, que preguntaba por ella, comentaban. Su madre le sonrió tristemente – una de esas sonrisas forzadas que uno le da a la gente a manera de apoyo – mientras la acompañaba hasta la puerta. Al entrar lo vio en su cama con tubos saliendo por todas partes como enredaderas. Como si esperaran que intentara escaparse cuando nadie lo miraba. De cierta forma, ella también esperaba verlo brincar de la cama en cualquier momento con una sonrisa profunda y un abrazo mullido. Esperaba volver a verlo bailar merengue en la sala de la casa de San Lorenzo o escucharlo hablar de sus mil negocios fallidos, sus ideas por realizar, su deseo de trabajar, de vivir, de ser. Él era esa figura eterna que llevaba plasmada en el corazón desde pequeña. La figura paterna que entraba y salía de su vida dejando tras de sí un olor fuerte a café negro y sucio de campo.

Era su abuelo, pensaba mientras se sentaba lentamente y le tomaba la mano. Luego, cuando todo esto hubiera pasado, ella lloraría simplemente con el recuerdo. El recuerdo de su mano en la suya. Porque ese hombre era una de esas luces pequeñas que alumbran la vida y aún luego de extinta, el recuerdo de su brillo persiste en nuestras memorias. Después, ella vería el ataúd descender dejando atrás simplemente una fila de corazones tristes y visitaría cada año su tumba para llorar otra vez su recuerdo. Pero en ese momento eterno, cuando su mano tocó la suya y él abrió los ojos sonriéndole… Ese momento permanecería por siempre en su corazón.

1 de febrero de 2011

Fantasia Cosquilleante


Silencio hormigueante… monológico
Y yo aquí inventando…
Inventando que me invento las palabras,
Las caricias, los pensamientos pedagógicos
Recapitulados en tu espalda; en tu camisa
Sudorosa de palabras de amor entrecerradas.
¿Y por qué? ¿Por qué imagino lo indecible?
¿Por qué me enfrento a lo inefable?
Masoquismo errante de un dolor pasado.
Susurro ansioso, extasiado de un placer cercano.

Y otra vez el mismo silencio hormigueante.
El que nos arrebata cada vez que pensamos
En la conexión de nuestros cuerpos anhelantes,
En el latido efímero de aquel gemido extasiado…
¿Quiénes somos sino hombre y mujer resquebrajados?
Sin tocarte serpenteo tu cuerpo de árbol robustamente dotado
Y sin tocarme me cubres la piel de caricias, mordiscos
Y aquel olor fuerte de sudoroso domador domado.
Pero al final… es solo imaginación arrebolada.
Simplemente silencio… silencio lagrimoso de te-amos.

11 de diciembre de 2010

Aburrimiento Cronico



¿Seré la única? Tengo la sensación de estar aburrida, por eso me he sentado a escribir. Sí, tengo un millón de cosas que hacer... Sí, sé que estoy siendo irresponsable, que estudio precisamente para conocer, para no aburrirme... pero no es tan fácil. Me he dado cuenta que en un segundo reacciono ante el aburrimiento bajo la sola idea de que no TENGO porque hacer nada. Hago lo que debo, y recuerdo que debo hacerlo pero no deseo hacerlo... y me trastorno pensando ¿y qué si no lo hago? Y es en el momento en que me doy cuenta que todos esperan que lo haga en que capto... La rutina, el paso de los días, la angustia, el formato M.L.A., la bibliografía de la APPA, las ideas con coherencia, la maestria atrasada, las angustias de las clases, el deseo de terminar, la tristeza de no volver, el cariño por el plantel... No sé... Me aburro de pensar, de no pensar, de vivir, de la rutina... pero deseo estudiar, leer, concentrarme, sacar un 100 y poder mirar a los ojos al profesor que me regaña por no ir, al que me mira triste como diciendo “Tanta inteligencia desperdiciada”.... Pero hoy, hoy deseo aburrirme... no me importa el examen que es para mañana, el informe del miércoles, la reseña del jueves, y que las clases se hayan extendido un mes... ¡Váyanse todos al demonio!, dije... pero suspirando volteé el rostro y volví a leer el título por quinta vez: “El lobo estepario, Herman Hesse”.... y olvide aburrirme.

7 de diciembre de 2008

Treinta años de secretos...

Espero sentada junto al teléfono...esa llamada de todas las semanas... La que me trae el recuerdo de una noche ya pasada entre sus brazos, y la nostalgia de jamás repetirla... Y el teléfono suena una, dos...tres y... lo contesto. ¿Para qué negarlo? Te saludo acaloradamente y me dices que me extrañas, que deseas verme... y miro cautelosa a ambos lados y en susurro te digo que te amo... No son las palabras lo que deseas...sino el acto. El acto de dejarlo todo... de vivir por ti, aunque ya viva para ti...Quedamos en el mismo sitio...el restaurante de la esquina, seis cuadras más abajo de mi casa... y nos miramos a los ojos largamente y me rozas con tu pierna mi tobillo... Entreabriendo los labios cierro los ojos y pasó mi lengua sobre mis labios resecos... ¡Como te deseo!... Entre las pestañas veo tus senos moverse al ritmo de tu respiración y los recuerdo entre mis labios... tu vientre plano me llama a besarlo... y ¡Dios, que martirio! Nos miramos y tomándonos de la mano, salimos apresuradas... La cama nos espera... Esa cama de hotel de paso que ha visto más amantes que enamorados... Y nos dejamos ir por las caricias, tus pechos rozan los míos, y pezón a pezón descargan chispas de placer. Tomo tu rostro entre mis manos, y beso tu frente, tus mejillas, tus orejas, tu cuello, y marco el camino hacia tu boca... lentamente. Tus manos recorren mi espalda y ardo en deseos de rasgarte la ropa...pero no lo hago. Despacio, muy despacio, te quito la camisa desteñida... Esa piel de leche y miel... ¡Que delicia!... Y en un brazo caemos en la cama...Siempre ha sido así el encuentro...Feroz, ardiente... pero delicado. Te había amado toda la vida...así, ha escondidas...tras las cortinas de mi casa... en el sótano donde tu madre guardaba los muebles viejos... en mi cuarto cuando pasabas la noche, en el taller de fotografía de tu padre... en el baño del colegio para señoritas... donde nos apareciera el deseo... Años van ya de eso... Te veo a diario en los eventos sociales, en las galas, las oficinas repletas de empleados de periódico mediocre... y me miras con tu cámara bajo el brazo, sonriente, y te devuelvo el secreto mirándote sobre mis espejuelos desde mi escritorio de editora...Te hago una seña para que entres a mi oficina... y revolvemos los artículos para el periódico de la tarde siguiente.... Pero otras veces...simplemente nos miramos y sonreímos...te invito a almorzar y entre risas y caricias por debajo de la mesa nos dejamos saber cuanto nos queremos... Tenemos cuarenta y cinco años pero al tocarnos, sentimos el mismo deseo de los quince... Y mis hijos pronto se irán de casa y mi marido no me aguanta... y tu mujer, esa con la que has vivido tranquilamente durante todos estos años, ya no sabe que creer... La pobre no comprende que el amarnos ha sido nuestro vínculo durante años... Toco delicadamente tus largos rizos negros... y miro tus labios y sin saberlo te beso... Me cansé de esperar las llamadas, de los malhumores de la casa, del secreto... Me levanto, te tomo de la mano, te hago parar de tu silla y te beso profundamente ante los ojos sorprendidos de aquellos que nos vieron crecer... Entre las mesas se levanta una mujer y te mira... una lágrima corre por su mejilla... "Son veinte años soportando un engaño, Becca" y sin más decir abandona el local... Me miras y con tristeza en los ojos me dices: "Son treinta años esperando este momento, Linny, y ella... sabes que debo buscarla..." Me besaste tiernamente los labios... y saliste tras la otra... Y yo seguiré esperando la llamada de todas las semanas...y lloraré junto a tu pecho en la cama del hotel... Lloraré por el amor y la rutina...

No estoy sola


Realmente no estoy sola.
El silencio me acompaña
como todas las mañanas.

Me levantó abandonada
y entra apresurado en llanto
por la vieja ventana.

Nunca me ha mentido,
apenas habla.
Nunca me ha despachado
y siempre busca mi tacto
sin importar mi humor de niña malcriada.

Lo siento entre mis carnes,
silbando en mis piernas al andar.
Siento su roce elegante
de aquel habituado a agradar.

Me susurra en el oído
como el amante que no desea olvidar
y entre el recuerdo y su aliento
olvido, como siempre, olvidar
el de aquél otro que si me supo abandonar.

Su sonrisa me persigue,
me atormenta su rostro.
Pero él está solo
entre la gente que sobrevive.

Yo no estoy sola…
El viento me acompaña
Y su música sonora
Me vuela suavemente hasta la coda.


No estoy sola…
el viento, el viento me acompaña.

Recuerdo de un momento apasionado

La paz envolvió mi alma
en guerra de seres imperfectos
a la hora de las esperanzas de almohada.

En olvido nacerán los muertos
al toque de tu mano calma...
y el amor colmará entonces mi pecho.

Mis lágrimas inundarán tus noches
como voz errante de las alegrías
y expirarán las novias de dotes
al escuchar tu alma entre la mía.

Tus labios buscarán mis labios
en un apasionado encuentro,
pero el agua aleja los navíos
donde guarda la memoria los recuerdos.

EPT




Y ella corrió...




Hace mucho tiempo, las aspiraciones del porvenir no la preocupaban. Sentía la vida como un espejismo lleno de luz que pasa rápidamente y a veces, la mayor parte de las veces, te deja un sabor amargo en la boca que solo un beso más logra despachar. Así vivía…corriendo de un lado para el otro sin jamás llegar a ninguna parte. Se sentaba entre los arcos de una facultad y recordaba el amor pasado, ese que tocó sigilosamente a la puerta…Recordando cada vez los versos de José Ángel Buesa: “Soy el amor de amar que odia lo inerme, que se lleva el perfume pero deja la flor…Dime adiós y no intentes retenerme: Soy el amor que pasa… pero soy el amor”. Suspiraba y mirando el reloj sacaba un cigarrillo… La recuerdo desde siempre, desde mucho antes de nacer. Era la mujer de mis atardeceres oscuros y mis mañanas desoladas… La que me deprimía con una mirada y con una sonrisa hacia llorar mi corazón. No suena demasiado enamorado de mi parte pero la realidad es muy diferente de la fantasía.



Todo cambió una noche en las que el andar sin destino con los amigos resultaba suficiente. Ella rió esa noche sin saber que más tarde lloraría de angustia y desesperación. Fue un amigo de esos que nunca se conocen lo suficiente. La desesperación, la necesidad de ser querida, la soledad, y la falsa fantasía del deseo, la impulsó a sus brazos…y desenfrenadamente se lanzaron sobre las carnes del otro. “Nada en la vida es fácil”…excepto el sexo. Es algo natural que guardamos en la parte de nosotros donde reside el instinto, tan característico de los animales. La unión de sus cuerpos bajo la iconografía de Cristo en la sala de la casa de su madre, pasa ahora como una nube de humo entre sus pensamientos. Sin embargo, ha sido el ataque más salvaje de su vida. Nunca un hombre la había deseado tan intensamente. Prácticamente le había quitado la ropa ha manotazos para liberar sus senos. Sus cuerpos se juntaron frenéticos al otro lado de la pared donde estaba la Biblia abierta.



Ella salió de su casa despuntando el alba, con una sonrisa confundida pero satisfecha en los labios. Algo había cambiado…Se acababa de dar cuenta de que el deseo había dictado los pasos de su vida, y que el amor lo había expulsado antes de llegar. Dejaría de ser la chica que se come las sobras de los demás, la que usa el amor de segunda mano y olvida antes de recordar. Pero que difícil cambiar… Ella había amado, pero… el amor se le enfrió en las venas la primera vez. Después, nunca más fue correspondida. Amó terriblemente, lloró hasta el cansancio por el amor que desgarraba sus entrañas, que no la dejaba dormir imaginándolo con LA OTRA. Esa mujer, quizá imaginaria, que la volvía loca de celos. Y el amor se le enfrió, porque se le habían secado las lágrimas gastadas. La segunda vez, ilusionada, espero el beso del amor y entregó su cariño pero no lloró al verlo marchar… No lloró porque el dolor desgarraba el alma pero el orgullo había petrificado el corazón.



Las semanas pasaron y ella siguió enfrascada en el ajetreo constante de los estudios y el trabajo. Ya nada importaba excepto el futuro… ¡que ironía! Antes nada importaba excepto el presente. El primer mes pasó volando pero al mirar el calendario… la sangre se le volvió a enfriar en las venas. No había llegado la visita mensual de los martirios de una mujer. Una lágrima corrió por su mejilla y decidió recordar…cada suceso, cada paso que había dado en su vida, cada lágrima, cada amor, cada deseo alocado, cada angustia…cada abrazo e historia que le contaba su madre en las noches cuando era pequeña…lo recordó todo.





Y ella corrió…

Pequeñas anécdotas de enamorados...


MI AMANTE

Y él hizo el ridículo. Lo hizo por mí, frente a mí, para mí. Sólo mis ojos observaron las mallas pegadas a sus glúteos, el modo antiguo de sus gestos, el atuendo cómicamente clásico; cuando con su falso acento inglés, me susurró al oído:

Si de tu palabra me apodero, llámame tu amante, y creeré que me he bautizado de nuevo, y que he perdido el nombre de Romeo.

Shakespeare, Romeo and Juliet.


KNOCK-OUT


Llevaba tres semanas hablando de la pelea. ¡Lo traía loco! Pero no podía evitarlo. Mi boxeador preferido, ganaría la pelea del año. ¡Estaba segura! Todos los días miraba a Manuel a los ojos, y le decía suspirando que daría lo que fuera por conocerlo.
Ayer, Manuel, llegó a casa sonriendo como demente. Como siempre lo observé alzando mi ceja derecha y él me entregó un caja envuelta en papel de regalo y con un gran lazo colorado justo encima. La abrí y ahí estaban... Me había traído unos guantes autografiados que debieron costarle una fortuna. Me insistió que me los probara y... una lágrima se resbaló por mis mejillas. Era la sortija de compromiso que no me había esperado.

JUEGO PELIGROSO

Soy profesora de literatura inglesa. Mi esposo es Químico. Como ven, nada que ver una profesión con la otra. ¿Cómo me conquistó? Estabamos saliendo y la cosa parecía seria. Un día me sorprendió con unas esposas. Me ató a la cama y entre beso y mordisco me cantó muy bajo (y un tanto desafinado) la letra de la canción que más me gustaba de mi musical preferido.

I feel your fingers -
Cold on my shoulder -
Your chilling touch,
As it runs down my spine -
Watching your eyes
As they invade my soul -
Forbidden pleasures
I'm afraid to make mine.

At the touch of your hand -
At the sound of your voice -
At the moment your eyes meet mine -
I am out of my mind -
I am out of control -
Full of feelings I can't define!

Jekyll & Hyde

Luego me enteré que se había leído el libro, comprado el soundtrack y practicado dos semanas... ¡Vaya delirio!

Mi cuerpo de música oxidada


Me tomó entre sus manos hace ya muchos años… y sentí sus dedos fríos recorrer mi tallo. ¡Que dedos magistrales, que sonrisa de fiera callada, que angustiosa mirada de diva escondida tras una cicatriz! Su rostro me mostró el lado hermoso de lo feo, sus manos me enseñaron el cariño entre mis líneas y sus ojos cerrados lo que significa “Pasión infinita”. Vivía dedicada a mí, a mis necesidades, mis sueños, mis aspiraciones, mis deseos de fama y orgullo. Siempre fui algo arrogante, dada mi procedencia, pero sus largos dedos del color de la nieve derretida me enseñar a alzar la cabeza con humildad, con la testarudez del que sabe que sabe, pero en realidad es simple aficionado. Cuando canté la primera vez, sonrió entre asombrada, adulada y orgullosa. Le dediqué esa canción desde lo mas profundo de mi ser ahuecado y ella lo notó porque susurró un suspiro y me sentí extasiado. La amé con desesperación, no preguntes como sé lo que es amor, simplemente imaginé su sonrisa y la palabra salió flotando plácidamente de mi interior. ¡Anayla! Ese era su nombre de artista redimida entre los acordes de un rock mal afinado pero cantable y adulado. Me acariciaba con afán y yo no tardaba en responderle. Su cicatriz me acariciaba el roble de olmo amedrentado y yo aumentaba la fuera y el volumen de mi voz. Todo eso… fue hace ya mucho tiempo. Ahora ella está enferma y la miró impotente sin creer que mi amada padezca postrada. Su cabello blanco sobre la almohada y su cicatriz en forma de rayo sobre la ceja izquierda me hacen añoran y enternecerme. Y pasaré a otros dedos con su muerte… Lo sé, aunque no deseo aceptarlo. Pensaré siempre, hasta que me destruya el tiempo, que son sus brazos los que abrazan mi viejo cuerpo de Stradivarius y logran sacar la música apasionada entre mis cuerdas.

6 de noviembre de 2008

Socórreme...

Socórreme que ya no puedo
llorar si no es contigo.
Ya no puedo decirle
mis penas a otro.
A otro que no me mire
con tus ojos...
Sin tus ojos tristes
sobre mi rostro lloroso.
Sin tus cabellos negros
de ébano oscurecido
rozando mi mejilla.
Socórreme que ya no puedo
recostarme en otros hombros.
Necesito tu deseo
y tu anhelo escondido
de quimeras enloquecidas
que buscan encerrárme toda la vida
en la tuma perdida
de amores pasados.
Socórreme que ya no puedo
besar si no es contigo.
El roze desesperado
de un silencio prolongado.
El aprender sudorosa
el lenguaje de tu lengua
y rozarte los dientes
dejándote ligeramente excitado.
Socórreme que ya no puedo
bailar si no es contigo.
El movimiento de dos cuerpos
a son de amor desesperado
ya ningún secreto esconde,
ya ningún atractivo guarda.
Cómo bailar en tu cuerpo
sin tus caderas excitadas
atacando las mías,
sin tu abrigo de piel
aropando mi ser?
Sin tu sudor lubricante
yuxtaposicionada a mi pecho
en pie, excitado y anhelante.
Socórreme que ya no puedo...
El orgasmo de tu vida
me hace morir desquebrajada
y pierdo el sentido
de todo lo que me rodea,
todo lo que importa y embelesa.
Veo tu rostro frío, lejano
y una lágrima cae solitaria
por la mejilla aquella
donde antes rozaban tus dientes,
tus labios fuertes.
Socórreme, desgraciado, que ya no puedo...
pero tus pasos se alejan decididos
mientras grito:
Socórreme que ya no puedo
ya no puedo amar si no es contigo!

Confrontación



Simplemente mírame, véme...
Nada más exigo.
Solo el deseo de no ser invisible,
de sentir en mis sentidos.
Todo lo demás sobra,
todo lo demás...
Solo soy aquella ingenua
que olvidó que amarte
era el castigo a sus penas.
Soy la resignada...
No te gusta, no me gusta,
pero es el es, la verdad.

Mírame a los ojos
sin quebrarme la mirada.
Imposible?
La imposibilidad está sobrevaluada.
No te escribo por amor,
pasión o deseperanza.
Te escribo con cobardía,
deseo y mil lágrimas
aguantadas, crucificantes,
en medio de mi garganta.
Te escribo por no llorar,
por no perder otra noche sin palabras.
Te escribo por escribirme,
por plasmarme, verme,
y encontrarme entre tus ansias.
Después de todo, quién soy?
Soy la vagabunda de días,
y horas ocultas.
La solitaria social
de un brindis fracasado.
Lo digo con la misma pasividad
con que te dije "adiós", "te quiero",
o "quizás lloverá mañana".
No es un canto apasionado,
sino fugaz, aislado,
recíproco de pesares,
y soledades latentes en los párpados.
Podría continuar eternamente
este subterfugio de emociones atrasado
pero no deseo la continuidad eterna
de un anochecer pasado.
Deseo expresarte la lágrima furtiva
por no poder rememorarla
sin dejarla caer por mis peñascos.
Por eso te escibo... por mí!
Porque en mí misma te cargo
como un amor latente
cocido en mis pedazos.
Añorante desenfrenado.
Pedazo de piedras,
espanto de antaño.

Mírame mientras te hablo!
Qué he robado tu alma
eso te asusta?
Qué he sentido tu piel
y te lubricas?
Qué he oído tu voz
sin tus palabras?
Mírame porque es necesario!

Mira dentro de mí,
donde ya las palabras
pierden significado.
Mírame más allá del ojo solitario.
MIRAME!
Es una exigencia, un llamado,
es el grito agonizante
de mi alma que te está reprochando.
Mírame, bastardo!
Mira lo que has abandonado!
Observa claramente
el equilibrio extático,
del estómago torcido
que retumba entre tus manos.
Mírame! porque sino...
Por qué sino... qué?
Una amenaza vacía,
un recuerdo lejano?
Mírame, eso es todo.
Con mirarme me conformo,
me encasillo en ese marco
y me rindo brevemente,
me dejo caer entre tus fardos.

Mírame...
Es un susurro entrecortado.
Es el ruego silencioso
del amante olvidado.
Mírame...

Mírame y verás,
el rostro que te amó
con tanto escándalo.
El que se retorció, vencido,
entre tus pies amoratados.
El que heriste de pasada,
sin importancia,
sin prestarle más reparo.
El que aguantó soñoliento
el insulto del deseo
entre tus piernas
y la esperanza vacía
entre tus brazos.
El que olvidó su cuerpo
y recordó el silencio
por capturarte un minuto
entre sus pechos.
Mírame!
Lo grito con la vaga esperanza
de atraparte en mis pestañas
y devorarte enteramente,
con furia y venganza,
el cascarón inmundo
de tu vacía arrogancia.

27 de octubre de 2008

Mía




Escondes en tus labios los secretos
memorables de un pasado en revés;
y me ves, mujer, entre tus suelos,
conmemorando el momento en que tus senos
curvilíneen el pecado del deseo exprimido...
Aquel deseo que olvidamos hace años
entre las notas pasadas
de aquel latín endemoniado de salmos.
Y no te fuerzo pero lo deseo...
Me veo en las noches tocando tu vientre,
abrazando tu pecho,
succionando tus pedazos,
protuberantes de anhelos.
No sé porque las ansias se me confunden,
y termino incesante con el alma perdida
y el turgente sin voz.
Y te poseo...
No porque lo anhele sino porque puedo.
Porque lo sueño, lo respiro, lo siento;
y entre el yuxtaposicionamiento de los cuerpos
puedo violar tu más certero y cubierto
orificio de agua turbias.
Pero no deseo arrebatarte de ti misma...
Porque ser tú todo te cuesta...
Y entre el río olvidado
de las viejas pasiones
nadie pero tú corres desbocada
con la falda alzada
y la barriga llena
de los deseos angustiosos
que no deben ser.
Y mientras con la espalda recta
cumples, en tu mente, la amalgama
de pasiones que olvidaste de mañana
a la puerta de la Iglesia aquella
donde en otro tiempo dejaste de rodillas
la juventud perdida,
otra mujer se apodera de las carnes que deseas
y otra gime los gemidos que tu alma
angustiada de pesares incesables
se esfuerza por ignorar, debastada,
inclinada a huir eternamente
porque la mañana despertó
con tus manos arrugadas,
atadas a un rosario.

Y mañana quizás no me sientas más...
porque abré corrido hacia otro puerto,
donde no me reciba una espalda fría.
Porque tras largos anocheceres de indecencias pensadas
mi mente febril ya no puede con la angustia indeseada
de ser tu amante, tu amante clandestino
de pensares impensables.
El amante que no tocas, que no sientes,
el que escondes con gemidos cada noche
y resuelves ignorar cada mañana.
Porque la vida se me queda sin días
y la poesía sin palabras.
Pero qué son las palabras realmente,
sino el deseo evaporado de atraerte
eternamente al son de mis rítmicas alturas?
Me rindo...
No porque deba sino porque es imperativo.
No soporto soñar cada noche
con el calor del cuerpo que cubre el mío.
Y no te poseo, no te toco,
pero te amo, te anhelo
con el deseo imperioso
de lo que no se debe querer...
Te amo como el silencio ama la voz que no puede poseer;
por eso te abandono, mujer...
Por eso...
Por eso hice la maleta y salí como entré
por la puerta aquella donde otro día te poseí
eléctrica, agonizante...
Donde otro día fuiste mía...
Mía... humedamente mía.

6 de febrero de 2008

Esperanza


Es como el viento
entre los dedos pequeños
que acarician sus mejillas rosadas
y arrastran el susurro efímero
de canciones de mar,
que tararea nervioso al andar.

Es como la arena escurrida
que se aferra a los dedos
como historia caída y fugaz
para disolverse espumosa en la sal.

Es como la luz opaca del cielo furtivo
al dormir arropado, escondido,
entre sus alas de cal
que extienden alegres sus colores espesos
contra el cordón delgado
de sueños perdidos
que se aferran a no despertar.

Es como aquel momento sudoroso, instantáneo,
en que con la mano en alto
y diciéndome adiós
susurraste tristemente al perderte
tu vengativo beso de amor.

12 de octubre de 2007

Codificación inexistente



El silencio es el elixir de susurros y latidos que aspiramos al dormir
Es el que nos arropa de sudor y ansias cuando me abrazas entre besos
Y recuerdas que algún día tu aliento y mi aliento se juntaron con su fin.
Es aquel viejo vecino de quien no somos amigos pero extrañamos al no estar.
Es el lamento de aquel niño entre los brazos de su madre cuando el frío no se va.
Es el canto agonizante de un alma al despertar
Y el anhelo rebozante de algún antiguo amante que no olvida sin pensar.
Porque somos y no somos en el paseo refrescante de esta vida singular
Porque andamos sin quererlo el camino donde un día deberemos reposar.
Porque aunque amamos, y lloramos por aquel que nunca está
despreciamos indecentes, desgraciados y soñolientos a aquel que no se va.
Es el piano solitario que suena desesperado cuando ya nadie está;
Y el violín amordazado que entre notas y conciertos ha perdido la ilusión
De que un día una mano más tierna que la suya lo toque sin cesar.
Es el suelo destruído, polvoriento por el que ya se pasará
Y aquel beso que en la frente me dejaste al despertar.
Solía ser el protagonista de relatos entre aquellos dos muchachos que se amaron sin cesar,
bajo el tronco de los sueños mutilados que un día por andarlos admirando decidieron arrancar.
Pero ya de nada vale decodificar aquel afán
Porque la guitarra se quedo sin notas
El miércoles pasado a la misma hora
Cuando tu cuerpo y el mío decidieron despechados
Que el silencio no se rompe ni para gritar.
Y tú te fuiste con tu paso triste por el mismo camino por el que viniste
Y yo sollozé el recuerdo de un amor lejano y andariego
Que decidió un día respetar el silencio por respetar el amor
Y se quedó cojo y desdichado por que el silencio es muy profundo
Pero no desprende calor cuando el frío del alma abrasa más.

11 de octubre de 2007

Abrázame en la lejanía


Abrázame fuerte, cariño.Abrázame entre lágrimas y risas sin olvidar las madrugadas junto al computador o los años susurrando amor en otras sábanas. Abrázame que te quiero... desprender el alma. Deseo dejarte sin un suspiro más en tu pecho anhelante, sin más angustia que cuándo leerás mis labios besarte, sin un solo susurro de alguna rubia oxigenada del pasado atrapado en tu garganta. Abrázame entre mis rizos oscuros como quién desea olvidar el antes. Apostando por algo ajeno, sin sentido racional, pero lleno de sentimiento. Abrázame entre mordiscos, cuerpos sudados y gotas saladas evaporadas en el pecho. En la noche caliente de un quizás haste mío entre mis marcas. Abrázame que me quede sin líneas, tinta, inspiración o ansias. Abrázame, que detesto estar sola. ¿Qué te cuesta mentirme con palabras una noche? ¿Qué peligro hay en decir que habitarás mis sueños y llenarás mi alma por un momento? Abrázame que me hace falta un amor a la distancia que no me rompa, más me llene intensamente de mil sonrisas tristes y dos lágrimas. Abrázame desesperado, anhelante, nervioso, imaginativo, eufórico, lunático y sin mancha. Abrázame mirándome a los ojos y entre miradas oscuras nos devoraremos el alma, hasta que apagemos este frío comunicador de pasiones y volvamos a la cama solos o acompañados pero con un amor lejano cocido en las costillas y una boca diferente jurando amor eterno frente a frente pero con menos ganas. Y dormiré... con la ferviente seguridad de que éste se irá mañana pero tú vivirás eternamente en mi alma.

19 de junio de 2007

Pelea







Cansado, se quita la corbata, tira el maletín sobre el sofá y se masajea las sienes. Ha sido un día largo y llegar a casa es cada vez un martirio mayor.

- ¡Sophia! ¿Dónde estás? – un ruido de botellas chocando lo llevó a la cocina, donde ella movía las manos nerviosa sobre el tope del fregadero. - ¿Qué hacías? – Sophia volteó su rostro hacia él. Sus ojos oscuros flameaban de coraje, su cabello negro llevaba más de dos días sin peinar, su traje de flores amarillas le acentuaba la piel y sus labios carnosos estaban transfigurados en una mueca de nausea.
- Probando la reserva, ¿qué más?
- Sí, olvidaba que vives agobiada con el estado de nuestra casa y su buena presentación. – contesto irónico señalando a su alrededor la casa desmantelada.
- ¡Ya me cansé!
- ¿Tú te cansaste?
- ¿Dónde andabas?
- Trabajando.
- Son más de las siete.
- No me digas que me extrañaste.
- Ya me cansé de tu falsa ironía y tu forma galante de andar por el mundo como si cada paso asegurara un segundo más de tu dominio total. Ya me harté de tomarte el tiempo del trabajo a la casa, demblando, sudorosa y nerviosa de que te desvies a andar por el mundo olvidando mi espera de caricias y amor. Esperando el momento en que salgas huyendo con otro pecado de piernas ligeras que suene a traición. Pero el corazón, maldito engreido, obstinado, inseguro se ancla a tu amor.
- Así que sinceros al fin, ¿eh? Pues yo también me cansé. Ya me cansé, de tus nervios ligeros, tu impotencia continua mirando el reloj. ¿Dónde esta la mujer que tu eras, la que me hablaba mirando a la cara y me sonreía, orgullosa del mundo, y segura de si? ¿Dónde esta la mujer que un día entre suspiros de llanto me dijo que sí?
- La mataste…
- ¡Ja! ¿Yo?
- La mataste el día que tu aliento hediento de alcohol murmuro entre las sábanas de otra mujer su canto de amor.
- ¿La maté? ¿Cómo se mata lo que ya está muerto? ¿Lo que se suicida a paso lento en medio del caos?
- ¡La mataste! La tomaste en tus brazos y la desangraste. Le sacaste el vivir en una sola ración. La mataste, la agobiaste, la dejaste sola en el medio de su hondo dolor. La mataste el día que la abandonaste entre sábanas de terciopelo y un nombre extraño que salió entre tus labios en medio de nuestra pasión.
- ¿Y me culpas? Me cansé de tus nervios ligeros, tu impotencia continua mirando el reloj. Me cansé de tus sueños lejanos, arrancados en medio del fango pudrientos de perdón. Me harté de tu mirada perdida entre el sufrimiento de otra noche intranquila, horizontada, estrujada, entre el candor de una obsesión. Me cansé de esperar que maduraras y dejaras atrás los celos enfermos que amargan tus días y mis noches continuas recordando la otra que conocí.
- ¿Lo aceptas? ¿Tan frescamente en mi cara la aceptas a ella?
- Sí... Pienso en la otra... la otra que conocí.
- ¡Atrevido! ¡Mal nacido! ¡Me engañaste! ¡Me mentiste al jurarme amor eterno! ¡Bastardo arrogante de poca moral! – Sophia arremetió sus puños pequeños contra el pecho de él. Tomándola facilmente por los brazos la pegó a su rostro y mirando sus ojos le susurró.
- Esa mujer que tantos celos te causa. Aquella, que te desvela en las noches... es la mujer que tu eras, la que sonreia, orgullosa del mundo, y segura de si. ¿Dónde esta la mujer que un día entre suspiros de llanto me dijo que sí? – Su murmullo la desarmó un momento y el silencio se regó como veneno por la habitación. Pero Sophia impulsada por el sufrimiento y el alcohol se soltó de sus brazos y dándole la espalda le volvió a reclamar.
- Está muerta. La mataste… el día que tu aliento murmuro entre las sábanas de otra mujer su canto de amor.
- ¿La maté? Sí, quizás esté muerta. Quizás la mataste, el día que olvidaste arrancarte del alma el rencor de un amor juvenil que te desangra las venas y no te deja ser la mujer hermosa y segura que conocí.
- ¡Tú la mataste! La mataste, la tomaste en tus brazos y la desangraste. Le sacaste el vivir... La mataste, la agobiaste, la dejaste sola en el medio de su hondo dolor. La mataste, el día que la abandonaste entre sábanas de terciopelo y el profundo sonido de un adiós.
- Si abrieras los ojos y dejarás tu letanía continua de cantante sin voz. – su voz no era más que un susurro en el espacio vacío entre los dos. - Si miraras de frente y vieras en mi rostro el deseo escondido de verte feliz. Si entendieras que te amo, más que a mi vida, que por eso he aguantado todos estos años de terrible traición. Porque yo sé lo que tus gritos esconden. Lo que tu cuerpo me oculta y enfría tu amor. Porque eso por lo que tanto me gritas, por lo que tanto me odias... no soy yo. Ya lo sé...
- Por dejarme, por abandonarme... – Insistió debilmente.
- ¡No! Me peleas, me gritas, me insultas porque cuando no estoy tienes miedo que haga lo mismo a lo que tu carne sedio.
- ¡Mentira!
- ¡No mientas más! Me odias... Porque soy la razón de que nada se diga. Porque es mi culpa que te ames a escondidas con aquel otro amor. Aquel, que se cola en tus días, que ha inrrumpido en nuestra casa y dejado sus huellas entre tu piel perfumada. Aquel, que hoy escondes en un rincón de tu corazón. Aquel... que hace dos días te ha llamado a escondidas mientras yo no estoy y entre excusas vacías te ha dicho adiós.

La Amazona


Antlia se retiró una hebra de cabello de los ojos y volteó su atención al agua helada a sus pies. Las niñas reían y jugaban salpicando agua entre ellas. Era su labor el compañar a las más pequeñas a bañar, además de su parte preferida del día. Las niñas eran aún muy chicas para que su entrenamiento fuera realmente fuerte lo que las hacía hijas del bosque, corriendo y riendo sin ninguna otra cosa por la que preocuparse. Antlia simplemente las observaba seriamente desde la orilla. Acercó su arco a su vientre y alertó los oídos a cualquier ruido en la distancia. Era poco probable que alguién fuera lo suficientemente suicida para aventurarse hacia donde ellas nadaban pero la costumbre y el entrenamiento le habían enseñado la ventaja de la constante alerta.
Antlia era una mujer hermosa de cabellos negros hasta la cintura, labios llenos y firmes, nariz un poco grande y respingona pero su mejor atributo lo eran sus enormes ojos azules. Su madre decía que la misma Diana le había regalado dos pedazos de cielo nocturno que había puesto a brillar en el rostro de su hija. Su cuerpo parecía, a la distancia, más bien el de un joven fuerte, pesado y de músculos cortados en batalla, hasta que te acercabas lo suficiente para notar la curva de sus caderas, su cintura estrecha y el indicio de su pecho. Sus senos pequeños le permitían el uso del arco sin dificultad por lo que había podido conservar ambos; pues era la costumbre cortarles el seno derecho para manejar más facilmente el arma. El sonido de una rama al romperse la tensó automaticamente, el arco pegado a su cuerpo y su mano lista para extraer una flecha del saco a su espalda de ser necesario. Esperó, calmada, escuchando el silencio.

Marte observaba con atención los movimientos de sus llamadas hijas. Eran mujeres hermosas, fuertes y decididas que no respondía ante ningún hombre. Eran Amazonas, pensó y sonrió. Sus cuerpos fuertes y esculpidos podían rivalizar a cualquier hombre en la batalla y muchas veces lo habían hecho. Pero ese día una mujer en específico le interesaba. Había escuchado a Otrera nombrar la joven guerrera que había causado gran revuelo al tomar por amante una joven aprendiz llamada Phoebe. Se hablaba de la belleza excepcional de Antlia como de una leyenda que camina entre la gente, y su comportamiento público no era bien visto por Otrera, reina de las amazonas. La primavera se acercaba y con ella los dos meses de apareamiento con la tribu vecina. No era momento de tener una amante, sino un amante. Pero la muy necia de Antlia, luego de haber asesinado a más de los tres enemigos que se le exigían a las amazonas antes de poder perder su virginidad, se habia empeñado en continuar virgen. Ésta noción y el hecho de que fuera conocidamente hermosa lo llevaron aquella tarde a los alrededores del río donde las jóvenes se bañaban. Al verla de pie junto a las aguas quedó rendado de su piel tostada por el sol, y sus largos cabellos. La observó literalmente alzar las orejas y voltear su rostro en su dirección. Los ojos más azules que jamás había visto lo dejaron suspendido en su reflejo, incluso hasta después de haber ésta apartado la mirada. Fue entonces que tomó la decisión de poseerla. No estaba acostumbrado a engañar, ni pedir por lo que deseaba, sino simplemente a tomarlo, pero la situación podría resultar peligrosa para aquella joven tan hermosa. No que realmente fuera la vida de ella lo que lo preocupara, sino más bien su propio deseo. Planeó, entonces, recordando los mil ardides de su padre para violar y poseer mujeres. “Esta noche”, se prometió, alejándose de vuelta a los brazos de Otrera.

Esa noche Antlia se acostó a esperar a su amante, Phoebe. La joven la había conquistado al comenzar su etrenamiento. Antlia había ayudado esa tarde con el manejo del arco, que era su especialidad, cuando una joven de cabellos rubios y ojos extremadamente verdes había caminado hacia ella. Su tímidez no impedian su bravío modo de expresarse, sus pasos ágiles y largos, y aquel seno izquierdo que se movía ligeramente con su caminar, conferiéndole el aspecto femenino que su estatura no podía quitarle. Pues Phoebe era como un tronco: alta y ancha, de gran fortaleza y caderas astronómicas, de carácter noble, y decisión implacable. Era una mujer de la que debías cuidarte, pero Antlia nada más verla quedó prendida de la combinación extraña entre mujer y gigante que la misma presentaba. Era su primera amante, y no tenía queja. Sus caricias lograban siempre complacerla y sus besos jugaban maniobras increíbles en su ser. Esa noche no sería diferente, de eso estaba segura.
Cuando al fin, luego de tanta espera, Phoebe apareció frente a ella, como una diosa desnuda. Su cuerpo la atraía y sin poder evitarlo comenzó a acariciarla, pero la otra mujer demasiado apasionada y violenta la empujó contra el suelo y comenzó a arrancarle las ropas. Ya desnuda antes sus ojos suspiró y comenzó a acariciarla; pero su comportamiento alertó a Antlia de que algo no estaba bien. Al intentar detenerla en su arrebato la otra mujer enfureció.

- ¿Te atreves a repudiarme? ¡A mí a quién deberías estar dando gracias por la atención que te presto! Que te favorezco en éste momento por encima de la misma reina Otrera. Eres una muchacha y nada más. No olvides que con mi favor llegarás más lejos que con mi rabia y acuéstate a mis pies. – Incrédula, Antlia escuchó cautivada.
- ¿Qué derecho tienes, oh gran dios Marte, de exigirme que desvista mi honor a tus pies? ¿Cuándo has venido a mi auxilio en batalla y me has librado de alguna herida de las que ahora me cicatrizan la piel?
- Estás viva, niña, no exigas más. – El silencio se apoderó del espacio. Marte se acercó a ella y ésta retrocedió hasta la pared donde había recostado su arco. Sujetó a ciegas una flecha y usándola a manera de puñal hirió el hombro del dios que rabioso, la tiró en el suelo violentamente y sin miramientos, ni caricias o besos la violó brutalmente, desgarrándola. Antlia luchó con él, pero ¿ que posibildades tiene un mero mortal contra la furia de un dios? Lastimada, amoretada y dolorida se quedó tendida en el suelo. Marte la miró, su orgullo evidente, y se sintió complacido.
- Escucha bien lo que voy a decirte, Antlia. Cuando vuelva deberás recibirme con los brazos abiertos, ansiosa y dispuesta para mi embate y prometo compensarte en su momento con aquello que tu corazón desee.


Un mes había pasado en el que las visitas de Marte eran cada vez más frecuentes; y tres mujeres celosas hervían de rabia en su soledad. Phoebe, sonfinada a noches solitarias sin su pasada amante decide comprobar por sí misma por quién había sido sustituida. Oculta entre las ramas espiaba a Antlia cuando Marte apareció tras ella en la forma de Otrera y tomándola de la mano la adentró en el bosque. La rabia que lleno su sistema fue suficiente para planear su venganza y esa noche cuando todos se habían retirado se escabulló entre las guardias apostadas a la puerta de la reina. Al ver la reina Otrera despierta, se sorprendió.
- No creerías que podías entrar tan facilmente a mi presencia, ¿o sí?
- Entonces...
- Tenía curiosidad. ¿Qué deseas?
- Usted y Antlia me han humillado. Mi honor exigue remuneración.
- ¿De qué hablas, niña impertinente?
- ¡Ustedes son amantes y no se moleste en negarlo pues las ví entrar juntas al bosque esta tarde! - ¡Imposible! – Una luz potente las cegó unos minutos causándoles tal sorpresa que sus palabras quedaron a medio decir, la luz se extinguió y el silencio se prolongó. Ambas miraron hacia la mujer hermosa que acababa de aparecer. Sus facciones perfectas, su cuerpo escultural, y ese aire de irrealidad le confirmaban que estaban ante una deidad.
- Antlia – el nombre salió como veneno de los labios de la diosa – Esa mujer entretiene en su lecho mucho más que los rizos de una reina. – Phoebe y Otrera la observaron atentamente. – Una cosa es una aventura pasajera o incluso temporal – dijo mirando a Otrera – pero el abandono de mi lecho por el de una simple mortal es una ofensa que no pienso soportar. – Finalmente comprendiendo que ante ella estaba personificada la diosa Afrodita en toda su esplendura ambas mujeres cayeron a sus pies. La rabia y los amorios de la diosa con Marte, eran legendarios.
- ¡Levantense, desgraciadas! Tú – dijo señalando a Otrera – que no dudas en pasar tus noches en los brazos de un dios, no deberías tampoco dudar al enfrentar a su amante. Esa mujer consevirá tres hijos varones que brillarán por encima de las mujeres de tu tribu y suplicará a Diana que los convierta en tres hermosas mujeres para evitarles el sacrificio que tu despecho pueda causarles. Debes impedir que estas niñas crezcan o dominarán a las Amazonas como sólo hombres disfrazados de cordero pueden hacerlo.
- Disculpa, oh diosa, pero ¿por qué me adviertes de éste destino?
- ¿Eres o no la reina de las Amazonas, Otrera? Si los celos de Marte me costaron algún amante, los míos le costarán su preferida. – Con esto desapareció.


Casi un año más tarde las predicciones de la diosa se cumplieron. Antlia dio a luz a tres varones grandes y fuertes como su padre. Desdichada comenzó su canto a la diosa Diana, asistora de partos, cuando Otrera apareció ante ella con su guardia lista para arrebatarle los recién nacidos. Desesperada Antlia llamó a la diosa para que salvará a sus hijos y a ella de las garras seguras de la muerte en que se encontraban. La diosa escuchó su llamado y apiadándose de ella la elevó junto a sus hijos y la posicionó en el alto cielo rodeada de la Hydra, Pyxis, Vela y Centaurus.

11 de mayo de 2007

Senza paura del sacrilegio


Silencios profundizados

por aquello que no llega,

que se extravía en los murmullos

de millones de siluetas.


Ondas de dedos que gritan la paciencia

y el sentir arrebolado y sin apuros

del amargo cantar de la existencia

que corrupta de virtudes soñolientas

se quema en la sangre del poeta.


Piedras de crucifijos abstractos,

de religiones inexistentes en la tierra,

de un cielo y un infierno que manejan

tu vida al son de tus caderas.


Y mañana pedirás ya sin aliento,

con la lágrima del que no olvida nunca,

que se corrompa más allá de su tristeza

en el látigo calmado del sueño eterno

para olvidar las plumas caídas

por el clamor de tus alas sin vuelo

y la espera envenenada de su pecho.



Sacrilegio...

Sacrilegio de figuras...

y la "paura" latente del silencio.

8 de febrero de 2007

Morirme atragantada

Paladear sus palabras.

Succionar sus gestos.

Tocar mi lengua en su mirada.

Morder mis ansias en su pecho.

Besar cada cana tras su oreja.

Saborear agonizante sus entrañas.

Morirme poco a poco entre sus uñas,

Y revivir arrebolada y blanda.




Beberme sus murmullos.

Bailar un tango horizontal de cama.

Socarronamente ensalivar su espalda.

Agonizar en sus uñas blancas.

Y respirar entre el cabello sudado que me cubre la cara.



Y mañana de nuevo me placeré en repitir todas estas acciones con las mismas ansias (o quizás otras, quizás más, quizás distintas o más calmas)…


Porque cada día contigo es una primera vez carnalizada... y cada aventura una pequeña muerte del alma que resucitará en la madrugada.

Soñar no cuesta nada


Sonó el teléfono entre los acordes de una canción de esas "remendables", es decir que uno nunca la canta bien y de todas formas como uno la canta se escucha mejor, y entre los pasos medio perdidos, medio encontrados y un tanto inventados me dirigí a contestarlo. Mis caderas se movían al ritmo de la canción mientras escuchaba a una de mis amigas al otro lado de la línea decirme cuan terrible su vida podía ser... La interrumpí, un tanto agresivamente (nada extraño en eso), exhortándola a ser precisa y dejar de rodear el asunto. Al final llegamos a un acuerdo. Saldríamos. Ambas necesitábamos despejarnos, olvidar por un rato los problemas, el trabajo, los amores frustrados de noches increíbles no-perdurables que se atascan en la memoria a falta de algo mejor que hacer, como dormir (Llevo cerca de dos años con un insomnio crónico. Digo, una vez pasa del mes es crónico, ¿no?) Como sea. Había un show sobre fetiches en el Newyorican en Viejo San Juan y quede de pasar por ella a eso de las 9 pm. Perfecto.




Llegamos un poco temprano al sitio porque Ariane me llamaba cada quince minutos a ver si ya había salido de la casa. ¿Cuál es la prisa de todas formas?, le dije. Quería llegar a tiempo para tener buenos asientos. ¡Como si un pub fuera tan exclusivo! Estaba un poco de mal humor, pero poco a poco me calmé. Estaba a reventar el sitio (de lleno). Como sea, el show fue genial, me reí, me maravillé, e incluso en varias ocasiones me sentí avergonzada, pero todo es parte del espectáculo. Luego del show, todo mundo salió del pub llenando el callejón de gente tan diversa, tan compleja, tan distinta en todos los aspectos y sin embargo, todos habíamos ido con la ida de ver el mismo show. Una banda de salsa comenzó a tocar y la música llenaba el callejón, nadie parecía darse cuenta entre las risas, las conversaciones demasiado estrepitosas y el humo de cigarrillo. Yo estaba un poco ebria, un poco nada más, por lo que decidí dejar de beber. Me toca guiar siempre, así que mejor tener cuidado. Ariane apareció y me arrastro por todo el callejón presentándome gente, le digo la Gobernadora, porque parece conocer a todo el mundo. Total que soy terrible con los nombres y cinco minutos después no estaba segura ni de recordar el mío. Logre escaparme de las presentaciones y me detuve cerca de una de las puertas para poder escuchar la música a gusto. Cerré los ojos y me deje llevar. Bailé sola durante unos cinco minutos poniendo toda mi alma en la tarea. Necesita algo que me quitara de la cabeza la sensación de soledad entre tumultos. De pronto, sin saber de dónde vino, quien era, o porque, me sentí halada fuertemente y abrí los ojos encontrándome con un hombre sonriéndome. Me dio una vuelta sin preguntar y antes de darme cuenta bailábamos riéndonos. Pegados, despegados, como solo la salsa te hala y te tira sin mucho esfuerzo y demasiado ritmo. Nunca había bailado así con nadie, como si estuviéramos perfectamente sincronizados. Fue como el momento kodak que anuncian por televisión, típicamente salido de una película a blanco y negro. Conocerlo fue un buen final para la noche.




Resulta que para bailar es para lo único que estábamos sincronizados. En todo lo demás, él iba muy deprisa, yo quizás demasiado lento y luego, simplemente, no nos hemos vuelto a llamar o a ver ni por casualidad. Quizás lo llame un día como hoy en que bailar es lo único que podría quitarme el comezón del alma, y el dolor del pecho. Mientras, seguiré bailando sola en medio del callejón, tal vez un día aparezca igual de repentino, me tome del brazo nuevamente… y esta vez (¿Por qué no?) bailemos hasta el amanecer.