7 de diciembre de 2008
Treinta años de secretos...
Espero sentada junto al teléfono...esa llamada de todas las semanas... La que me trae el recuerdo de una noche ya pasada entre sus brazos, y la nostalgia de jamás repetirla... Y el teléfono suena una, dos...tres y... lo contesto. ¿Para qué negarlo? Te saludo acaloradamente y me dices que me extrañas, que deseas verme... y miro cautelosa a ambos lados y en susurro te digo que te amo... No son las palabras lo que deseas...sino el acto. El acto de dejarlo todo... de vivir por ti, aunque ya viva para ti...Quedamos en el mismo sitio...el restaurante de la esquina, seis cuadras más abajo de mi casa... y nos miramos a los ojos largamente y me rozas con tu pierna mi tobillo... Entreabriendo los labios cierro los ojos y pasó mi lengua sobre mis labios resecos... ¡Como te deseo!... Entre las pestañas veo tus senos moverse al ritmo de tu respiración y los recuerdo entre mis labios... tu vientre plano me llama a besarlo... y ¡Dios, que martirio! Nos miramos y tomándonos de la mano, salimos apresuradas... La cama nos espera... Esa cama de hotel de paso que ha visto más amantes que enamorados... Y nos dejamos ir por las caricias, tus pechos rozan los míos, y pezón a pezón descargan chispas de placer. Tomo tu rostro entre mis manos, y beso tu frente, tus mejillas, tus orejas, tu cuello, y marco el camino hacia tu boca... lentamente. Tus manos recorren mi espalda y ardo en deseos de rasgarte la ropa...pero no lo hago. Despacio, muy despacio, te quito la camisa desteñida... Esa piel de leche y miel... ¡Que delicia!... Y en un brazo caemos en la cama...Siempre ha sido así el encuentro...Feroz, ardiente... pero delicado. Te había amado toda la vida...así, ha escondidas...tras las cortinas de mi casa... en el sótano donde tu madre guardaba los muebles viejos... en mi cuarto cuando pasabas la noche, en el taller de fotografía de tu padre... en el baño del colegio para señoritas... donde nos apareciera el deseo... Años van ya de eso... Te veo a diario en los eventos sociales, en las galas, las oficinas repletas de empleados de periódico mediocre... y me miras con tu cámara bajo el brazo, sonriente, y te devuelvo el secreto mirándote sobre mis espejuelos desde mi escritorio de editora...Te hago una seña para que entres a mi oficina... y revolvemos los artículos para el periódico de la tarde siguiente.... Pero otras veces...simplemente nos miramos y sonreímos...te invito a almorzar y entre risas y caricias por debajo de la mesa nos dejamos saber cuanto nos queremos... Tenemos cuarenta y cinco años pero al tocarnos, sentimos el mismo deseo de los quince... Y mis hijos pronto se irán de casa y mi marido no me aguanta... y tu mujer, esa con la que has vivido tranquilamente durante todos estos años, ya no sabe que creer... La pobre no comprende que el amarnos ha sido nuestro vínculo durante años... Toco delicadamente tus largos rizos negros... y miro tus labios y sin saberlo te beso... Me cansé de esperar las llamadas, de los malhumores de la casa, del secreto... Me levanto, te tomo de la mano, te hago parar de tu silla y te beso profundamente ante los ojos sorprendidos de aquellos que nos vieron crecer... Entre las mesas se levanta una mujer y te mira... una lágrima corre por su mejilla... "Son veinte años soportando un engaño, Becca" y sin más decir abandona el local... Me miras y con tristeza en los ojos me dices: "Son treinta años esperando este momento, Linny, y ella... sabes que debo buscarla..." Me besaste tiernamente los labios... y saliste tras la otra... Y yo seguiré esperando la llamada de todas las semanas...y lloraré junto a tu pecho en la cama del hotel... Lloraré por el amor y la rutina...
No estoy sola

Realmente no estoy sola.
El silencio me acompaña
como todas las mañanas.
Me levantó abandonada
y entra apresurado en llanto
por la vieja ventana.
Nunca me ha mentido,
apenas habla.
Nunca me ha despachado
y siempre busca mi tacto
sin importar mi humor de niña malcriada.
Lo siento entre mis carnes,
silbando en mis piernas al andar.
Siento su roce elegante
de aquel habituado a agradar.
Me susurra en el oído
como el amante que no desea olvidar
y entre el recuerdo y su aliento
olvido, como siempre, olvidar
el de aquél otro que si me supo abandonar.
Su sonrisa me persigue,
me atormenta su rostro.
Pero él está solo
entre la gente que sobrevive.
Yo no estoy sola…
El viento me acompaña
Y su música sonora
Me vuela suavemente hasta la coda.
No estoy sola…
el viento, el viento me acompaña.
Recuerdo de un momento apasionado
La paz envolvió mi alma
en guerra de seres imperfectos
a la hora de las esperanzas de almohada.
En olvido nacerán los muertos
al toque de tu mano calma...
y el amor colmará entonces mi pecho.
Mis lágrimas inundarán tus noches
como voz errante de las alegrías
y expirarán las novias de dotes
al escuchar tu alma entre la mía.
Tus labios buscarán mis labios
en un apasionado encuentro,
pero el agua aleja los navíos
donde guarda la memoria los recuerdos.
en guerra de seres imperfectos
a la hora de las esperanzas de almohada.
En olvido nacerán los muertos
al toque de tu mano calma...
y el amor colmará entonces mi pecho.
Mis lágrimas inundarán tus noches
como voz errante de las alegrías
y expirarán las novias de dotes
al escuchar tu alma entre la mía.
Tus labios buscarán mis labios
en un apasionado encuentro,
pero el agua aleja los navíos
donde guarda la memoria los recuerdos.
EPT

Y ella corrió...
Hace mucho tiempo, las aspiraciones del porvenir no la preocupaban. Sentía la vida como un espejismo lleno de luz que pasa rápidamente y a veces, la mayor parte de las veces, te deja un sabor amargo en la boca que solo un beso más logra despachar. Así vivía…corriendo de un lado para el otro sin jamás llegar a ninguna parte. Se sentaba entre los arcos de una facultad y recordaba el amor pasado, ese que tocó sigilosamente a la puerta…Recordando cada vez los versos de José Ángel Buesa: “Soy el amor de amar que odia lo inerme, que se lleva el perfume pero deja la flor…Dime adiós y no intentes retenerme: Soy el amor que pasa… pero soy el amor”. Suspiraba y mirando el reloj sacaba un cigarrillo… La recuerdo desde siempre, desde mucho antes de nacer. Era la mujer de mis atardeceres oscuros y mis mañanas desoladas… La que me deprimía con una mirada y con una sonrisa hacia llorar mi corazón. No suena demasiado enamorado de mi parte pero la realidad es muy diferente de la fantasía.
Todo cambió una noche en las que el andar sin destino con los amigos resultaba suficiente. Ella rió esa noche sin saber que más tarde lloraría de angustia y desesperación. Fue un amigo de esos que nunca se conocen lo suficiente. La desesperación, la necesidad de ser querida, la soledad, y la falsa fantasía del deseo, la impulsó a sus brazos…y desenfrenadamente se lanzaron sobre las carnes del otro. “Nada en la vida es fácil”…excepto el sexo. Es algo natural que guardamos en la parte de nosotros donde reside el instinto, tan característico de los animales. La unión de sus cuerpos bajo la iconografía de Cristo en la sala de la casa de su madre, pasa ahora como una nube de humo entre sus pensamientos. Sin embargo, ha sido el ataque más salvaje de su vida. Nunca un hombre la había deseado tan intensamente. Prácticamente le había quitado la ropa ha manotazos para liberar sus senos. Sus cuerpos se juntaron frenéticos al otro lado de la pared donde estaba la Biblia abierta.
Ella salió de su casa despuntando el alba, con una sonrisa confundida pero satisfecha en los labios. Algo había cambiado…Se acababa de dar cuenta de que el deseo había dictado los pasos de su vida, y que el amor lo había expulsado antes de llegar. Dejaría de ser la chica que se come las sobras de los demás, la que usa el amor de segunda mano y olvida antes de recordar. Pero que difícil cambiar… Ella había amado, pero… el amor se le enfrió en las venas la primera vez. Después, nunca más fue correspondida. Amó terriblemente, lloró hasta el cansancio por el amor que desgarraba sus entrañas, que no la dejaba dormir imaginándolo con LA OTRA. Esa mujer, quizá imaginaria, que la volvía loca de celos. Y el amor se le enfrió, porque se le habían secado las lágrimas gastadas. La segunda vez, ilusionada, espero el beso del amor y entregó su cariño pero no lloró al verlo marchar… No lloró porque el dolor desgarraba el alma pero el orgullo había petrificado el corazón.
Las semanas pasaron y ella siguió enfrascada en el ajetreo constante de los estudios y el trabajo. Ya nada importaba excepto el futuro… ¡que ironía! Antes nada importaba excepto el presente. El primer mes pasó volando pero al mirar el calendario… la sangre se le volvió a enfriar en las venas. No había llegado la visita mensual de los martirios de una mujer. Una lágrima corrió por su mejilla y decidió recordar…cada suceso, cada paso que había dado en su vida, cada lágrima, cada amor, cada deseo alocado, cada angustia…cada abrazo e historia que le contaba su madre en las noches cuando era pequeña…lo recordó todo.
Y ella corrió…
Pequeñas anécdotas de enamorados...

MI AMANTE
Y él hizo el ridículo. Lo hizo por mí, frente a mí, para mí. Sólo mis ojos observaron las mallas pegadas a sus glúteos, el modo antiguo de sus gestos, el atuendo cómicamente clásico; cuando con su falso acento inglés, me susurró al oído:
Si de tu palabra me apodero, llámame tu amante, y creeré que me he bautizado de nuevo, y que he perdido el nombre de Romeo.
Shakespeare, Romeo and Juliet.
KNOCK-OUT
Llevaba tres semanas hablando de la pelea. ¡Lo traía loco! Pero no podía evitarlo. Mi boxeador preferido, ganaría la pelea del año. ¡Estaba segura! Todos los días miraba a Manuel a los ojos, y le decía suspirando que daría lo que fuera por conocerlo.
Ayer, Manuel, llegó a casa sonriendo como demente. Como siempre lo observé alzando mi ceja derecha y él me entregó un caja envuelta en papel de regalo y con un gran lazo colorado justo encima. La abrí y ahí estaban... Me había traído unos guantes autografiados que debieron costarle una fortuna. Me insistió que me los probara y... una lágrima se resbaló por mis mejillas. Era la sortija de compromiso que no me había esperado.
JUEGO PELIGROSO
Soy profesora de literatura inglesa. Mi esposo es Químico. Como ven, nada que ver una profesión con la otra. ¿Cómo me conquistó? Estabamos saliendo y la cosa parecía seria. Un día me sorprendió con unas esposas. Me ató a la cama y entre beso y mordisco me cantó muy bajo (y un tanto desafinado) la letra de la canción que más me gustaba de mi musical preferido.
I feel your fingers -
Cold on my shoulder -
Your chilling touch,
As it runs down my spine -
Watching your eyes
As they invade my soul -
Forbidden pleasures
I'm afraid to make mine.
At the touch of your hand -
At the sound of your voice -
At the moment your eyes meet mine -
I am out of my mind -
I am out of control -
Full of feelings I can't define!
Jekyll & Hyde
Luego me enteré que se había leído el libro, comprado el soundtrack y practicado dos semanas... ¡Vaya delirio!
Mi cuerpo de música oxidada

Me tomó entre sus manos hace ya muchos años… y sentí sus dedos fríos recorrer mi tallo. ¡Que dedos magistrales, que sonrisa de fiera callada, que angustiosa mirada de diva escondida tras una cicatriz! Su rostro me mostró el lado hermoso de lo feo, sus manos me enseñaron el cariño entre mis líneas y sus ojos cerrados lo que significa “Pasión infinita”. Vivía dedicada a mí, a mis necesidades, mis sueños, mis aspiraciones, mis deseos de fama y orgullo. Siempre fui algo arrogante, dada mi procedencia, pero sus largos dedos del color de la nieve derretida me enseñar a alzar la cabeza con humildad, con la testarudez del que sabe que sabe, pero en realidad es simple aficionado. Cuando canté la primera vez, sonrió entre asombrada, adulada y orgullosa. Le dediqué esa canción desde lo mas profundo de mi ser ahuecado y ella lo notó porque susurró un suspiro y me sentí extasiado. La amé con desesperación, no preguntes como sé lo que es amor, simplemente imaginé su sonrisa y la palabra salió flotando plácidamente de mi interior. ¡Anayla! Ese era su nombre de artista redimida entre los acordes de un rock mal afinado pero cantable y adulado. Me acariciaba con afán y yo no tardaba en responderle. Su cicatriz me acariciaba el roble de olmo amedrentado y yo aumentaba la fuera y el volumen de mi voz. Todo eso… fue hace ya mucho tiempo. Ahora ella está enferma y la miró impotente sin creer que mi amada padezca postrada. Su cabello blanco sobre la almohada y su cicatriz en forma de rayo sobre la ceja izquierda me hacen añoran y enternecerme. Y pasaré a otros dedos con su muerte… Lo sé, aunque no deseo aceptarlo. Pensaré siempre, hasta que me destruya el tiempo, que son sus brazos los que abrazan mi viejo cuerpo de Stradivarius y logran sacar la música apasionada entre mis cuerdas.
6 de noviembre de 2008
Socórreme...
Socórreme que ya no puedo
llorar si no es contigo.
Ya no puedo decirle
mis penas a otro.
A otro que no me mire
con tus ojos...
Sin tus ojos tristes
sobre mi rostro lloroso.
Sin tus cabellos negros
de ébano oscurecido
rozando mi mejilla.
Socórreme que ya no puedo
recostarme en otros hombros.
Necesito tu deseo
y tu anhelo escondido
de quimeras enloquecidas
que buscan encerrárme toda la vida
en la tuma perdida
de amores pasados.
Socórreme que ya no puedo
besar si no es contigo.
El roze desesperado
de un silencio prolongado.
El aprender sudorosa
el lenguaje de tu lengua
y rozarte los dientes
dejándote ligeramente excitado.
Socórreme que ya no puedo
bailar si no es contigo.
El movimiento de dos cuerpos
a son de amor desesperado
ya ningún secreto esconde,
ya ningún atractivo guarda.
Cómo bailar en tu cuerpo
sin tus caderas excitadas
atacando las mías,
sin tu abrigo de piel
aropando mi ser?
Sin tu sudor lubricante
yuxtaposicionada a mi pecho
en pie, excitado y anhelante.
Socórreme que ya no puedo...
El orgasmo de tu vida
me hace morir desquebrajada
y pierdo el sentido
de todo lo que me rodea,
todo lo que importa y embelesa.
Veo tu rostro frío, lejano
y una lágrima cae solitaria
por la mejilla aquella
donde antes rozaban tus dientes,
tus labios fuertes.
Socórreme, desgraciado, que ya no puedo...
pero tus pasos se alejan decididos
mientras grito:
Socórreme que ya no puedo
ya no puedo amar si no es contigo!
llorar si no es contigo.
Ya no puedo decirle
mis penas a otro.
A otro que no me mire
con tus ojos...
Sin tus ojos tristes
sobre mi rostro lloroso.
Sin tus cabellos negros
de ébano oscurecido
rozando mi mejilla.
Socórreme que ya no puedo
recostarme en otros hombros.
Necesito tu deseo
y tu anhelo escondido
de quimeras enloquecidas
que buscan encerrárme toda la vida
en la tuma perdida
de amores pasados.
Socórreme que ya no puedo
besar si no es contigo.
El roze desesperado
de un silencio prolongado.
El aprender sudorosa
el lenguaje de tu lengua
y rozarte los dientes
dejándote ligeramente excitado.
Socórreme que ya no puedo
bailar si no es contigo.
El movimiento de dos cuerpos
a son de amor desesperado
ya ningún secreto esconde,
ya ningún atractivo guarda.
Cómo bailar en tu cuerpo
sin tus caderas excitadas
atacando las mías,
sin tu abrigo de piel
aropando mi ser?
Sin tu sudor lubricante
yuxtaposicionada a mi pecho
en pie, excitado y anhelante.
Socórreme que ya no puedo...
El orgasmo de tu vida
me hace morir desquebrajada
y pierdo el sentido
de todo lo que me rodea,
todo lo que importa y embelesa.
Veo tu rostro frío, lejano
y una lágrima cae solitaria
por la mejilla aquella
donde antes rozaban tus dientes,
tus labios fuertes.
Socórreme, desgraciado, que ya no puedo...
pero tus pasos se alejan decididos
mientras grito:
Socórreme que ya no puedo
ya no puedo amar si no es contigo!
Confrontación

Simplemente mírame, véme...
Nada más exigo.
Solo el deseo de no ser invisible,
de sentir en mis sentidos.
Todo lo demás sobra,
todo lo demás...
Solo soy aquella ingenua
que olvidó que amarte
era el castigo a sus penas.
Soy la resignada...
No te gusta, no me gusta,
pero es el es, la verdad.
Mírame a los ojos
sin quebrarme la mirada.
Imposible?
La imposibilidad está sobrevaluada.
No te escribo por amor,
pasión o deseperanza.
Te escribo con cobardía,
deseo y mil lágrimas
aguantadas, crucificantes,
en medio de mi garganta.
Te escribo por no llorar,
por no perder otra noche sin palabras.
Te escribo por escribirme,
por plasmarme, verme,
y encontrarme entre tus ansias.
Después de todo, quién soy?
Soy la vagabunda de días,
y horas ocultas.
La solitaria social
de un brindis fracasado.
Lo digo con la misma pasividad
con que te dije "adiós", "te quiero",
o "quizás lloverá mañana".
No es un canto apasionado,
sino fugaz, aislado,
recíproco de pesares,
y soledades latentes en los párpados.
Podría continuar eternamente
este subterfugio de emociones atrasado
pero no deseo la continuidad eterna
de un anochecer pasado.
Deseo expresarte la lágrima furtiva
por no poder rememorarla
sin dejarla caer por mis peñascos.
Por eso te escibo... por mí!
Porque en mí misma te cargo
como un amor latente
cocido en mis pedazos.
Añorante desenfrenado.
Pedazo de piedras,
espanto de antaño.
Mírame mientras te hablo!
Qué he robado tu alma
eso te asusta?
Qué he sentido tu piel
y te lubricas?
Qué he oído tu voz
sin tus palabras?
Mírame porque es necesario!
Mira dentro de mí,
donde ya las palabras
pierden significado.
Mírame más allá del ojo solitario.
MIRAME!
Es una exigencia, un llamado,
es el grito agonizante
de mi alma que te está reprochando.
Mírame, bastardo!
Mira lo que has abandonado!
Observa claramente
el equilibrio extático,
del estómago torcido
que retumba entre tus manos.
Mírame! porque sino...
Por qué sino... qué?
Una amenaza vacía,
un recuerdo lejano?
Mírame, eso es todo.
Con mirarme me conformo,
me encasillo en ese marco
y me rindo brevemente,
me dejo caer entre tus fardos.
Mírame...
Es un susurro entrecortado.
Es el ruego silencioso
del amante olvidado.
Mírame...
Mírame y verás,
el rostro que te amó
con tanto escándalo.
El que se retorció, vencido,
entre tus pies amoratados.
El que heriste de pasada,
sin importancia,
sin prestarle más reparo.
El que aguantó soñoliento
el insulto del deseo
entre tus piernas
y la esperanza vacía
entre tus brazos.
El que olvidó su cuerpo
y recordó el silencio
por capturarte un minuto
entre sus pechos.
Mírame!
Lo grito con la vaga esperanza
de atraparte en mis pestañas
y devorarte enteramente,
con furia y venganza,
el cascarón inmundo
de tu vacía arrogancia.
27 de octubre de 2008
Mía

Escondes en tus labios los secretos
memorables de un pasado en revés;
y me ves, mujer, entre tus suelos,
conmemorando el momento en que tus senos
curvilíneen el pecado del deseo exprimido...
Aquel deseo que olvidamos hace años
entre las notas pasadas
de aquel latín endemoniado de salmos.
Y no te fuerzo pero lo deseo...
Me veo en las noches tocando tu vientre,
abrazando tu pecho,
succionando tus pedazos,
protuberantes de anhelos.
No sé porque las ansias se me confunden,
y termino incesante con el alma perdida
y el turgente sin voz.
Y te poseo...
No porque lo anhele sino porque puedo.
Porque lo sueño, lo respiro, lo siento;
y entre el yuxtaposicionamiento de los cuerpos
puedo violar tu más certero y cubierto
orificio de agua turbias.
Pero no deseo arrebatarte de ti misma...
Porque ser tú todo te cuesta...
Y entre el río olvidado
de las viejas pasiones
nadie pero tú corres desbocada
con la falda alzada
y la barriga llena
de los deseos angustiosos
que no deben ser.
Y mientras con la espalda recta
cumples, en tu mente, la amalgama
de pasiones que olvidaste de mañana
a la puerta de la Iglesia aquella
donde en otro tiempo dejaste de rodillas
la juventud perdida,
otra mujer se apodera de las carnes que deseas
y otra gime los gemidos que tu alma
angustiada de pesares incesables
se esfuerza por ignorar, debastada,
inclinada a huir eternamente
porque la mañana despertó
con tus manos arrugadas,
atadas a un rosario.
Y mañana quizás no me sientas más...
porque abré corrido hacia otro puerto,
donde no me reciba una espalda fría.
Porque tras largos anocheceres de indecencias pensadas
mi mente febril ya no puede con la angustia indeseada
de ser tu amante, tu amante clandestino
de pensares impensables.
El amante que no tocas, que no sientes,
el que escondes con gemidos cada noche
y resuelves ignorar cada mañana.
Porque la vida se me queda sin días
y la poesía sin palabras.
Pero qué son las palabras realmente,
sino el deseo evaporado de atraerte
eternamente al son de mis rítmicas alturas?
Me rindo...
No porque deba sino porque es imperativo.
No soporto soñar cada noche
con el calor del cuerpo que cubre el mío.
Y no te poseo, no te toco,
pero te amo, te anhelo
con el deseo imperioso
de lo que no se debe querer...
Te amo como el silencio ama la voz que no puede poseer;
por eso te abandono, mujer...
Por eso...
Por eso hice la maleta y salí como entré
por la puerta aquella donde otro día te poseí
eléctrica, agonizante...
Donde otro día fuiste mía...
Mía... humedamente mía.
6 de febrero de 2008
Esperanza

Es como el viento
entre los dedos pequeños
que acarician sus mejillas rosadas
y arrastran el susurro efímero
de canciones de mar,
que tararea nervioso al andar.
Es como la arena escurrida
que se aferra a los dedos
como historia caída y fugaz
para disolverse espumosa en la sal.
Es como la luz opaca del cielo furtivo
al dormir arropado, escondido,
entre sus alas de cal
que extienden alegres sus colores espesos
contra el cordón delgado
de sueños perdidos
que se aferran a no despertar.
Es como aquel momento sudoroso, instantáneo,
en que con la mano en alto
y diciéndome adiós
susurraste tristemente al perderte
tu vengativo beso de amor.
12 de octubre de 2007
Codificación inexistente

El silencio es el elixir de susurros y latidos que aspiramos al dormir
Es el que nos arropa de sudor y ansias cuando me abrazas entre besos
Y recuerdas que algún día tu aliento y mi aliento se juntaron con su fin.
Es aquel viejo vecino de quien no somos amigos pero extrañamos al no estar.
Es el lamento de aquel niño entre los brazos de su madre cuando el frío no se va.
Es el canto agonizante de un alma al despertar
Y el anhelo rebozante de algún antiguo amante que no olvida sin pensar.
Porque somos y no somos en el paseo refrescante de esta vida singular
Porque andamos sin quererlo el camino donde un día deberemos reposar.
Porque aunque amamos, y lloramos por aquel que nunca está
despreciamos indecentes, desgraciados y soñolientos a aquel que no se va.
Es el piano solitario que suena desesperado cuando ya nadie está;
Y el violín amordazado que entre notas y conciertos ha perdido la ilusión
De que un día una mano más tierna que la suya lo toque sin cesar.
Es el suelo destruído, polvoriento por el que ya se pasará
Y aquel beso que en la frente me dejaste al despertar.
Solía ser el protagonista de relatos entre aquellos dos muchachos que se amaron sin cesar,
bajo el tronco de los sueños mutilados que un día por andarlos admirando decidieron arrancar.
Pero ya de nada vale decodificar aquel afán
Porque la guitarra se quedo sin notas
El miércoles pasado a la misma hora
Cuando tu cuerpo y el mío decidieron despechados
Que el silencio no se rompe ni para gritar.
Y tú te fuiste con tu paso triste por el mismo camino por el que viniste
Y yo sollozé el recuerdo de un amor lejano y andariego
Que decidió un día respetar el silencio por respetar el amor
Y se quedó cojo y desdichado por que el silencio es muy profundo
Pero no desprende calor cuando el frío del alma abrasa más.
11 de octubre de 2007
Abrázame en la lejanía

Abrázame fuerte, cariño.Abrázame entre lágrimas y risas sin olvidar las madrugadas junto al computador o los años susurrando amor en otras sábanas. Abrázame que te quiero... desprender el alma. Deseo dejarte sin un suspiro más en tu pecho anhelante, sin más angustia que cuándo leerás mis labios besarte, sin un solo susurro de alguna rubia oxigenada del pasado atrapado en tu garganta. Abrázame entre mis rizos oscuros como quién desea olvidar el antes. Apostando por algo ajeno, sin sentido racional, pero lleno de sentimiento. Abrázame entre mordiscos, cuerpos sudados y gotas saladas evaporadas en el pecho. En la noche caliente de un quizás haste mío entre mis marcas. Abrázame que me quede sin líneas, tinta, inspiración o ansias. Abrázame, que detesto estar sola. ¿Qué te cuesta mentirme con palabras una noche? ¿Qué peligro hay en decir que habitarás mis sueños y llenarás mi alma por un momento? Abrázame que me hace falta un amor a la distancia que no me rompa, más me llene intensamente de mil sonrisas tristes y dos lágrimas. Abrázame desesperado, anhelante, nervioso, imaginativo, eufórico, lunático y sin mancha. Abrázame mirándome a los ojos y entre miradas oscuras nos devoraremos el alma, hasta que apagemos este frío comunicador de pasiones y volvamos a la cama solos o acompañados pero con un amor lejano cocido en las costillas y una boca diferente jurando amor eterno frente a frente pero con menos ganas. Y dormiré... con la ferviente seguridad de que éste se irá mañana pero tú vivirás eternamente en mi alma.
19 de junio de 2007
Pelea

Cansado, se quita la corbata, tira el maletín sobre el sofá y se masajea las sienes. Ha sido un día largo y llegar a casa es cada vez un martirio mayor.
- ¡Sophia! ¿Dónde estás? – un ruido de botellas chocando lo llevó a la cocina, donde ella movía las manos nerviosa sobre el tope del fregadero. - ¿Qué hacías? – Sophia volteó su rostro hacia él. Sus ojos oscuros flameaban de coraje, su cabello negro llevaba más de dos días sin peinar, su traje de flores amarillas le acentuaba la piel y sus labios carnosos estaban transfigurados en una mueca de nausea.
- Probando la reserva, ¿qué más?
- Sí, olvidaba que vives agobiada con el estado de nuestra casa y su buena presentación. – contesto irónico señalando a su alrededor la casa desmantelada.
- ¡Ya me cansé!
- ¿Tú te cansaste?
- ¿Dónde andabas?
- Trabajando.
- Son más de las siete.
- No me digas que me extrañaste.
- Ya me cansé de tu falsa ironía y tu forma galante de andar por el mundo como si cada paso asegurara un segundo más de tu dominio total. Ya me harté de tomarte el tiempo del trabajo a la casa, demblando, sudorosa y nerviosa de que te desvies a andar por el mundo olvidando mi espera de caricias y amor. Esperando el momento en que salgas huyendo con otro pecado de piernas ligeras que suene a traición. Pero el corazón, maldito engreido, obstinado, inseguro se ancla a tu amor.
- Así que sinceros al fin, ¿eh? Pues yo también me cansé. Ya me cansé, de tus nervios ligeros, tu impotencia continua mirando el reloj. ¿Dónde esta la mujer que tu eras, la que me hablaba mirando a la cara y me sonreía, orgullosa del mundo, y segura de si? ¿Dónde esta la mujer que un día entre suspiros de llanto me dijo que sí?
- La mataste…
- ¡Ja! ¿Yo?
- La mataste el día que tu aliento hediento de alcohol murmuro entre las sábanas de otra mujer su canto de amor.
- ¿La maté? ¿Cómo se mata lo que ya está muerto? ¿Lo que se suicida a paso lento en medio del caos?
- ¡La mataste! La tomaste en tus brazos y la desangraste. Le sacaste el vivir en una sola ración. La mataste, la agobiaste, la dejaste sola en el medio de su hondo dolor. La mataste el día que la abandonaste entre sábanas de terciopelo y un nombre extraño que salió entre tus labios en medio de nuestra pasión.
- ¿Y me culpas? Me cansé de tus nervios ligeros, tu impotencia continua mirando el reloj. Me cansé de tus sueños lejanos, arrancados en medio del fango pudrientos de perdón. Me harté de tu mirada perdida entre el sufrimiento de otra noche intranquila, horizontada, estrujada, entre el candor de una obsesión. Me cansé de esperar que maduraras y dejaras atrás los celos enfermos que amargan tus días y mis noches continuas recordando la otra que conocí.
- ¿Lo aceptas? ¿Tan frescamente en mi cara la aceptas a ella?
- Sí... Pienso en la otra... la otra que conocí.
- ¡Atrevido! ¡Mal nacido! ¡Me engañaste! ¡Me mentiste al jurarme amor eterno! ¡Bastardo arrogante de poca moral! – Sophia arremetió sus puños pequeños contra el pecho de él. Tomándola facilmente por los brazos la pegó a su rostro y mirando sus ojos le susurró.
- Esa mujer que tantos celos te causa. Aquella, que te desvela en las noches... es la mujer que tu eras, la que sonreia, orgullosa del mundo, y segura de si. ¿Dónde esta la mujer que un día entre suspiros de llanto me dijo que sí? – Su murmullo la desarmó un momento y el silencio se regó como veneno por la habitación. Pero Sophia impulsada por el sufrimiento y el alcohol se soltó de sus brazos y dándole la espalda le volvió a reclamar.
- Está muerta. La mataste… el día que tu aliento murmuro entre las sábanas de otra mujer su canto de amor.
- ¿La maté? Sí, quizás esté muerta. Quizás la mataste, el día que olvidaste arrancarte del alma el rencor de un amor juvenil que te desangra las venas y no te deja ser la mujer hermosa y segura que conocí.
- ¡Tú la mataste! La mataste, la tomaste en tus brazos y la desangraste. Le sacaste el vivir... La mataste, la agobiaste, la dejaste sola en el medio de su hondo dolor. La mataste, el día que la abandonaste entre sábanas de terciopelo y el profundo sonido de un adiós.
- Si abrieras los ojos y dejarás tu letanía continua de cantante sin voz. – su voz no era más que un susurro en el espacio vacío entre los dos. - Si miraras de frente y vieras en mi rostro el deseo escondido de verte feliz. Si entendieras que te amo, más que a mi vida, que por eso he aguantado todos estos años de terrible traición. Porque yo sé lo que tus gritos esconden. Lo que tu cuerpo me oculta y enfría tu amor. Porque eso por lo que tanto me gritas, por lo que tanto me odias... no soy yo. Ya lo sé...
- Por dejarme, por abandonarme... – Insistió debilmente.
- ¡No! Me peleas, me gritas, me insultas porque cuando no estoy tienes miedo que haga lo mismo a lo que tu carne sedio.
- ¡Mentira!
- ¡No mientas más! Me odias... Porque soy la razón de que nada se diga. Porque es mi culpa que te ames a escondidas con aquel otro amor. Aquel, que se cola en tus días, que ha inrrumpido en nuestra casa y dejado sus huellas entre tu piel perfumada. Aquel, que hoy escondes en un rincón de tu corazón. Aquel... que hace dos días te ha llamado a escondidas mientras yo no estoy y entre excusas vacías te ha dicho adiós.
- ¡Sophia! ¿Dónde estás? – un ruido de botellas chocando lo llevó a la cocina, donde ella movía las manos nerviosa sobre el tope del fregadero. - ¿Qué hacías? – Sophia volteó su rostro hacia él. Sus ojos oscuros flameaban de coraje, su cabello negro llevaba más de dos días sin peinar, su traje de flores amarillas le acentuaba la piel y sus labios carnosos estaban transfigurados en una mueca de nausea.
- Probando la reserva, ¿qué más?
- Sí, olvidaba que vives agobiada con el estado de nuestra casa y su buena presentación. – contesto irónico señalando a su alrededor la casa desmantelada.
- ¡Ya me cansé!
- ¿Tú te cansaste?
- ¿Dónde andabas?
- Trabajando.
- Son más de las siete.
- No me digas que me extrañaste.
- Ya me cansé de tu falsa ironía y tu forma galante de andar por el mundo como si cada paso asegurara un segundo más de tu dominio total. Ya me harté de tomarte el tiempo del trabajo a la casa, demblando, sudorosa y nerviosa de que te desvies a andar por el mundo olvidando mi espera de caricias y amor. Esperando el momento en que salgas huyendo con otro pecado de piernas ligeras que suene a traición. Pero el corazón, maldito engreido, obstinado, inseguro se ancla a tu amor.
- Así que sinceros al fin, ¿eh? Pues yo también me cansé. Ya me cansé, de tus nervios ligeros, tu impotencia continua mirando el reloj. ¿Dónde esta la mujer que tu eras, la que me hablaba mirando a la cara y me sonreía, orgullosa del mundo, y segura de si? ¿Dónde esta la mujer que un día entre suspiros de llanto me dijo que sí?
- La mataste…
- ¡Ja! ¿Yo?
- La mataste el día que tu aliento hediento de alcohol murmuro entre las sábanas de otra mujer su canto de amor.
- ¿La maté? ¿Cómo se mata lo que ya está muerto? ¿Lo que se suicida a paso lento en medio del caos?
- ¡La mataste! La tomaste en tus brazos y la desangraste. Le sacaste el vivir en una sola ración. La mataste, la agobiaste, la dejaste sola en el medio de su hondo dolor. La mataste el día que la abandonaste entre sábanas de terciopelo y un nombre extraño que salió entre tus labios en medio de nuestra pasión.
- ¿Y me culpas? Me cansé de tus nervios ligeros, tu impotencia continua mirando el reloj. Me cansé de tus sueños lejanos, arrancados en medio del fango pudrientos de perdón. Me harté de tu mirada perdida entre el sufrimiento de otra noche intranquila, horizontada, estrujada, entre el candor de una obsesión. Me cansé de esperar que maduraras y dejaras atrás los celos enfermos que amargan tus días y mis noches continuas recordando la otra que conocí.
- ¿Lo aceptas? ¿Tan frescamente en mi cara la aceptas a ella?
- Sí... Pienso en la otra... la otra que conocí.
- ¡Atrevido! ¡Mal nacido! ¡Me engañaste! ¡Me mentiste al jurarme amor eterno! ¡Bastardo arrogante de poca moral! – Sophia arremetió sus puños pequeños contra el pecho de él. Tomándola facilmente por los brazos la pegó a su rostro y mirando sus ojos le susurró.
- Esa mujer que tantos celos te causa. Aquella, que te desvela en las noches... es la mujer que tu eras, la que sonreia, orgullosa del mundo, y segura de si. ¿Dónde esta la mujer que un día entre suspiros de llanto me dijo que sí? – Su murmullo la desarmó un momento y el silencio se regó como veneno por la habitación. Pero Sophia impulsada por el sufrimiento y el alcohol se soltó de sus brazos y dándole la espalda le volvió a reclamar.
- Está muerta. La mataste… el día que tu aliento murmuro entre las sábanas de otra mujer su canto de amor.
- ¿La maté? Sí, quizás esté muerta. Quizás la mataste, el día que olvidaste arrancarte del alma el rencor de un amor juvenil que te desangra las venas y no te deja ser la mujer hermosa y segura que conocí.
- ¡Tú la mataste! La mataste, la tomaste en tus brazos y la desangraste. Le sacaste el vivir... La mataste, la agobiaste, la dejaste sola en el medio de su hondo dolor. La mataste, el día que la abandonaste entre sábanas de terciopelo y el profundo sonido de un adiós.
- Si abrieras los ojos y dejarás tu letanía continua de cantante sin voz. – su voz no era más que un susurro en el espacio vacío entre los dos. - Si miraras de frente y vieras en mi rostro el deseo escondido de verte feliz. Si entendieras que te amo, más que a mi vida, que por eso he aguantado todos estos años de terrible traición. Porque yo sé lo que tus gritos esconden. Lo que tu cuerpo me oculta y enfría tu amor. Porque eso por lo que tanto me gritas, por lo que tanto me odias... no soy yo. Ya lo sé...
- Por dejarme, por abandonarme... – Insistió debilmente.
- ¡No! Me peleas, me gritas, me insultas porque cuando no estoy tienes miedo que haga lo mismo a lo que tu carne sedio.
- ¡Mentira!
- ¡No mientas más! Me odias... Porque soy la razón de que nada se diga. Porque es mi culpa que te ames a escondidas con aquel otro amor. Aquel, que se cola en tus días, que ha inrrumpido en nuestra casa y dejado sus huellas entre tu piel perfumada. Aquel, que hoy escondes en un rincón de tu corazón. Aquel... que hace dos días te ha llamado a escondidas mientras yo no estoy y entre excusas vacías te ha dicho adiós.
La Amazona
Antlia se retiró una hebra de cabello de los ojos y volteó su atención al agua helada a sus pies. Las niñas reían y jugaban salpicando agua entre ellas. Era su labor el compañar a las más pequeñas a bañar, además de su parte preferida del día. Las niñas eran aún muy chicas para que su entrenamiento fuera realmente fuerte lo que las hacía hijas del bosque, corriendo y riendo sin ninguna otra cosa por la que preocuparse. Antlia simplemente las observaba seriamente desde la orilla. Acercó su arco a su vientre y alertó los oídos a cualquier ruido en la distancia. Era poco probable que alguién fuera lo suficientemente suicida para aventurarse hacia donde ellas nadaban pero la costumbre y el entrenamiento le habían enseñado la ventaja de la constante alerta.
Antlia era una mujer hermosa de cabellos negros hasta la cintura, labios llenos y firmes, nariz un poco grande y respingona pero su mejor atributo lo eran sus enormes ojos azules. Su madre decía que la misma Diana le había regalado dos pedazos de cielo nocturno que había puesto a brillar en el rostro de su hija. Su cuerpo parecía, a la distancia, más bien el de un joven fuerte, pesado y de músculos cortados en batalla, hasta que te acercabas lo suficiente para notar la curva de sus caderas, su cintura estrecha y el indicio de su pecho. Sus senos pequeños le permitían el uso del arco sin dificultad por lo que había podido conservar ambos; pues era la costumbre cortarles el seno derecho para manejar más facilmente el arma. El sonido de una rama al romperse la tensó automaticamente, el arco pegado a su cuerpo y su mano lista para extraer una flecha del saco a su espalda de ser necesario. Esperó, calmada, escuchando el silencio.
Marte observaba con atención los movimientos de sus llamadas hijas. Eran mujeres hermosas, fuertes y decididas que no respondía ante ningún hombre. Eran Amazonas, pensó y sonrió. Sus cuerpos fuertes y esculpidos podían rivalizar a cualquier hombre en la batalla y muchas veces lo habían hecho. Pero ese día una mujer en específico le interesaba. Había escuchado a Otrera nombrar la joven guerrera que había causado gran revuelo al tomar por amante una joven aprendiz llamada Phoebe. Se hablaba de la belleza excepcional de Antlia como de una leyenda que camina entre la gente, y su comportamiento público no era bien visto por Otrera, reina de las amazonas. La primavera se acercaba y con ella los dos meses de apareamiento con la tribu vecina. No era momento de tener una amante, sino un amante. Pero la muy necia de Antlia, luego de haber asesinado a más de los tres enemigos que se le exigían a las amazonas antes de poder perder su virginidad, se habia empeñado en continuar virgen. Ésta noción y el hecho de que fuera conocidamente hermosa lo llevaron aquella tarde a los alrededores del río donde las jóvenes se bañaban. Al verla de pie junto a las aguas quedó rendado de su piel tostada por el sol, y sus largos cabellos. La observó literalmente alzar las orejas y voltear su rostro en su dirección. Los ojos más azules que jamás había visto lo dejaron suspendido en su reflejo, incluso hasta después de haber ésta apartado la mirada. Fue entonces que tomó la decisión de poseerla. No estaba acostumbrado a engañar, ni pedir por lo que deseaba, sino simplemente a tomarlo, pero la situación podría resultar peligrosa para aquella joven tan hermosa. No que realmente fuera la vida de ella lo que lo preocupara, sino más bien su propio deseo. Planeó, entonces, recordando los mil ardides de su padre para violar y poseer mujeres. “Esta noche”, se prometió, alejándose de vuelta a los brazos de Otrera.
Esa noche Antlia se acostó a esperar a su amante, Phoebe. La joven la había conquistado al comenzar su etrenamiento. Antlia había ayudado esa tarde con el manejo del arco, que era su especialidad, cuando una joven de cabellos rubios y ojos extremadamente verdes había caminado hacia ella. Su tímidez no impedian su bravío modo de expresarse, sus pasos ágiles y largos, y aquel seno izquierdo que se movía ligeramente con su caminar, conferiéndole el aspecto femenino que su estatura no podía quitarle. Pues Phoebe era como un tronco: alta y ancha, de gran fortaleza y caderas astronómicas, de carácter noble, y decisión implacable. Era una mujer de la que debías cuidarte, pero Antlia nada más verla quedó prendida de la combinación extraña entre mujer y gigante que la misma presentaba. Era su primera amante, y no tenía queja. Sus caricias lograban siempre complacerla y sus besos jugaban maniobras increíbles en su ser. Esa noche no sería diferente, de eso estaba segura.
Cuando al fin, luego de tanta espera, Phoebe apareció frente a ella, como una diosa desnuda. Su cuerpo la atraía y sin poder evitarlo comenzó a acariciarla, pero la otra mujer demasiado apasionada y violenta la empujó contra el suelo y comenzó a arrancarle las ropas. Ya desnuda antes sus ojos suspiró y comenzó a acariciarla; pero su comportamiento alertó a Antlia de que algo no estaba bien. Al intentar detenerla en su arrebato la otra mujer enfureció.
- ¿Te atreves a repudiarme? ¡A mí a quién deberías estar dando gracias por la atención que te presto! Que te favorezco en éste momento por encima de la misma reina Otrera. Eres una muchacha y nada más. No olvides que con mi favor llegarás más lejos que con mi rabia y acuéstate a mis pies. – Incrédula, Antlia escuchó cautivada.
- ¿Qué derecho tienes, oh gran dios Marte, de exigirme que desvista mi honor a tus pies? ¿Cuándo has venido a mi auxilio en batalla y me has librado de alguna herida de las que ahora me cicatrizan la piel?
- Estás viva, niña, no exigas más. – El silencio se apoderó del espacio. Marte se acercó a ella y ésta retrocedió hasta la pared donde había recostado su arco. Sujetó a ciegas una flecha y usándola a manera de puñal hirió el hombro del dios que rabioso, la tiró en el suelo violentamente y sin miramientos, ni caricias o besos la violó brutalmente, desgarrándola. Antlia luchó con él, pero ¿ que posibildades tiene un mero mortal contra la furia de un dios? Lastimada, amoretada y dolorida se quedó tendida en el suelo. Marte la miró, su orgullo evidente, y se sintió complacido.
- Escucha bien lo que voy a decirte, Antlia. Cuando vuelva deberás recibirme con los brazos abiertos, ansiosa y dispuesta para mi embate y prometo compensarte en su momento con aquello que tu corazón desee.
Un mes había pasado en el que las visitas de Marte eran cada vez más frecuentes; y tres mujeres celosas hervían de rabia en su soledad. Phoebe, sonfinada a noches solitarias sin su pasada amante decide comprobar por sí misma por quién había sido sustituida. Oculta entre las ramas espiaba a Antlia cuando Marte apareció tras ella en la forma de Otrera y tomándola de la mano la adentró en el bosque. La rabia que lleno su sistema fue suficiente para planear su venganza y esa noche cuando todos se habían retirado se escabulló entre las guardias apostadas a la puerta de la reina. Al ver la reina Otrera despierta, se sorprendió.
- No creerías que podías entrar tan facilmente a mi presencia, ¿o sí?
- Entonces...
- Tenía curiosidad. ¿Qué deseas?
- Usted y Antlia me han humillado. Mi honor exigue remuneración.
- ¿De qué hablas, niña impertinente?
- ¡Ustedes son amantes y no se moleste en negarlo pues las ví entrar juntas al bosque esta tarde! - ¡Imposible! – Una luz potente las cegó unos minutos causándoles tal sorpresa que sus palabras quedaron a medio decir, la luz se extinguió y el silencio se prolongó. Ambas miraron hacia la mujer hermosa que acababa de aparecer. Sus facciones perfectas, su cuerpo escultural, y ese aire de irrealidad le confirmaban que estaban ante una deidad.
- Antlia – el nombre salió como veneno de los labios de la diosa – Esa mujer entretiene en su lecho mucho más que los rizos de una reina. – Phoebe y Otrera la observaron atentamente. – Una cosa es una aventura pasajera o incluso temporal – dijo mirando a Otrera – pero el abandono de mi lecho por el de una simple mortal es una ofensa que no pienso soportar. – Finalmente comprendiendo que ante ella estaba personificada la diosa Afrodita en toda su esplendura ambas mujeres cayeron a sus pies. La rabia y los amorios de la diosa con Marte, eran legendarios.
- ¡Levantense, desgraciadas! Tú – dijo señalando a Otrera – que no dudas en pasar tus noches en los brazos de un dios, no deberías tampoco dudar al enfrentar a su amante. Esa mujer consevirá tres hijos varones que brillarán por encima de las mujeres de tu tribu y suplicará a Diana que los convierta en tres hermosas mujeres para evitarles el sacrificio que tu despecho pueda causarles. Debes impedir que estas niñas crezcan o dominarán a las Amazonas como sólo hombres disfrazados de cordero pueden hacerlo.
- Disculpa, oh diosa, pero ¿por qué me adviertes de éste destino?
- ¿Eres o no la reina de las Amazonas, Otrera? Si los celos de Marte me costaron algún amante, los míos le costarán su preferida. – Con esto desapareció.
Casi un año más tarde las predicciones de la diosa se cumplieron. Antlia dio a luz a tres varones grandes y fuertes como su padre. Desdichada comenzó su canto a la diosa Diana, asistora de partos, cuando Otrera apareció ante ella con su guardia lista para arrebatarle los recién nacidos. Desesperada Antlia llamó a la diosa para que salvará a sus hijos y a ella de las garras seguras de la muerte en que se encontraban. La diosa escuchó su llamado y apiadándose de ella la elevó junto a sus hijos y la posicionó en el alto cielo rodeada de la Hydra, Pyxis, Vela y Centaurus.
Antlia era una mujer hermosa de cabellos negros hasta la cintura, labios llenos y firmes, nariz un poco grande y respingona pero su mejor atributo lo eran sus enormes ojos azules. Su madre decía que la misma Diana le había regalado dos pedazos de cielo nocturno que había puesto a brillar en el rostro de su hija. Su cuerpo parecía, a la distancia, más bien el de un joven fuerte, pesado y de músculos cortados en batalla, hasta que te acercabas lo suficiente para notar la curva de sus caderas, su cintura estrecha y el indicio de su pecho. Sus senos pequeños le permitían el uso del arco sin dificultad por lo que había podido conservar ambos; pues era la costumbre cortarles el seno derecho para manejar más facilmente el arma. El sonido de una rama al romperse la tensó automaticamente, el arco pegado a su cuerpo y su mano lista para extraer una flecha del saco a su espalda de ser necesario. Esperó, calmada, escuchando el silencio.
Marte observaba con atención los movimientos de sus llamadas hijas. Eran mujeres hermosas, fuertes y decididas que no respondía ante ningún hombre. Eran Amazonas, pensó y sonrió. Sus cuerpos fuertes y esculpidos podían rivalizar a cualquier hombre en la batalla y muchas veces lo habían hecho. Pero ese día una mujer en específico le interesaba. Había escuchado a Otrera nombrar la joven guerrera que había causado gran revuelo al tomar por amante una joven aprendiz llamada Phoebe. Se hablaba de la belleza excepcional de Antlia como de una leyenda que camina entre la gente, y su comportamiento público no era bien visto por Otrera, reina de las amazonas. La primavera se acercaba y con ella los dos meses de apareamiento con la tribu vecina. No era momento de tener una amante, sino un amante. Pero la muy necia de Antlia, luego de haber asesinado a más de los tres enemigos que se le exigían a las amazonas antes de poder perder su virginidad, se habia empeñado en continuar virgen. Ésta noción y el hecho de que fuera conocidamente hermosa lo llevaron aquella tarde a los alrededores del río donde las jóvenes se bañaban. Al verla de pie junto a las aguas quedó rendado de su piel tostada por el sol, y sus largos cabellos. La observó literalmente alzar las orejas y voltear su rostro en su dirección. Los ojos más azules que jamás había visto lo dejaron suspendido en su reflejo, incluso hasta después de haber ésta apartado la mirada. Fue entonces que tomó la decisión de poseerla. No estaba acostumbrado a engañar, ni pedir por lo que deseaba, sino simplemente a tomarlo, pero la situación podría resultar peligrosa para aquella joven tan hermosa. No que realmente fuera la vida de ella lo que lo preocupara, sino más bien su propio deseo. Planeó, entonces, recordando los mil ardides de su padre para violar y poseer mujeres. “Esta noche”, se prometió, alejándose de vuelta a los brazos de Otrera.
Esa noche Antlia se acostó a esperar a su amante, Phoebe. La joven la había conquistado al comenzar su etrenamiento. Antlia había ayudado esa tarde con el manejo del arco, que era su especialidad, cuando una joven de cabellos rubios y ojos extremadamente verdes había caminado hacia ella. Su tímidez no impedian su bravío modo de expresarse, sus pasos ágiles y largos, y aquel seno izquierdo que se movía ligeramente con su caminar, conferiéndole el aspecto femenino que su estatura no podía quitarle. Pues Phoebe era como un tronco: alta y ancha, de gran fortaleza y caderas astronómicas, de carácter noble, y decisión implacable. Era una mujer de la que debías cuidarte, pero Antlia nada más verla quedó prendida de la combinación extraña entre mujer y gigante que la misma presentaba. Era su primera amante, y no tenía queja. Sus caricias lograban siempre complacerla y sus besos jugaban maniobras increíbles en su ser. Esa noche no sería diferente, de eso estaba segura.
Cuando al fin, luego de tanta espera, Phoebe apareció frente a ella, como una diosa desnuda. Su cuerpo la atraía y sin poder evitarlo comenzó a acariciarla, pero la otra mujer demasiado apasionada y violenta la empujó contra el suelo y comenzó a arrancarle las ropas. Ya desnuda antes sus ojos suspiró y comenzó a acariciarla; pero su comportamiento alertó a Antlia de que algo no estaba bien. Al intentar detenerla en su arrebato la otra mujer enfureció.
- ¿Te atreves a repudiarme? ¡A mí a quién deberías estar dando gracias por la atención que te presto! Que te favorezco en éste momento por encima de la misma reina Otrera. Eres una muchacha y nada más. No olvides que con mi favor llegarás más lejos que con mi rabia y acuéstate a mis pies. – Incrédula, Antlia escuchó cautivada.
- ¿Qué derecho tienes, oh gran dios Marte, de exigirme que desvista mi honor a tus pies? ¿Cuándo has venido a mi auxilio en batalla y me has librado de alguna herida de las que ahora me cicatrizan la piel?
- Estás viva, niña, no exigas más. – El silencio se apoderó del espacio. Marte se acercó a ella y ésta retrocedió hasta la pared donde había recostado su arco. Sujetó a ciegas una flecha y usándola a manera de puñal hirió el hombro del dios que rabioso, la tiró en el suelo violentamente y sin miramientos, ni caricias o besos la violó brutalmente, desgarrándola. Antlia luchó con él, pero ¿ que posibildades tiene un mero mortal contra la furia de un dios? Lastimada, amoretada y dolorida se quedó tendida en el suelo. Marte la miró, su orgullo evidente, y se sintió complacido.
- Escucha bien lo que voy a decirte, Antlia. Cuando vuelva deberás recibirme con los brazos abiertos, ansiosa y dispuesta para mi embate y prometo compensarte en su momento con aquello que tu corazón desee.
Un mes había pasado en el que las visitas de Marte eran cada vez más frecuentes; y tres mujeres celosas hervían de rabia en su soledad. Phoebe, sonfinada a noches solitarias sin su pasada amante decide comprobar por sí misma por quién había sido sustituida. Oculta entre las ramas espiaba a Antlia cuando Marte apareció tras ella en la forma de Otrera y tomándola de la mano la adentró en el bosque. La rabia que lleno su sistema fue suficiente para planear su venganza y esa noche cuando todos se habían retirado se escabulló entre las guardias apostadas a la puerta de la reina. Al ver la reina Otrera despierta, se sorprendió.
- No creerías que podías entrar tan facilmente a mi presencia, ¿o sí?
- Entonces...
- Tenía curiosidad. ¿Qué deseas?
- Usted y Antlia me han humillado. Mi honor exigue remuneración.
- ¿De qué hablas, niña impertinente?
- ¡Ustedes son amantes y no se moleste en negarlo pues las ví entrar juntas al bosque esta tarde! - ¡Imposible! – Una luz potente las cegó unos minutos causándoles tal sorpresa que sus palabras quedaron a medio decir, la luz se extinguió y el silencio se prolongó. Ambas miraron hacia la mujer hermosa que acababa de aparecer. Sus facciones perfectas, su cuerpo escultural, y ese aire de irrealidad le confirmaban que estaban ante una deidad.
- Antlia – el nombre salió como veneno de los labios de la diosa – Esa mujer entretiene en su lecho mucho más que los rizos de una reina. – Phoebe y Otrera la observaron atentamente. – Una cosa es una aventura pasajera o incluso temporal – dijo mirando a Otrera – pero el abandono de mi lecho por el de una simple mortal es una ofensa que no pienso soportar. – Finalmente comprendiendo que ante ella estaba personificada la diosa Afrodita en toda su esplendura ambas mujeres cayeron a sus pies. La rabia y los amorios de la diosa con Marte, eran legendarios.
- ¡Levantense, desgraciadas! Tú – dijo señalando a Otrera – que no dudas en pasar tus noches en los brazos de un dios, no deberías tampoco dudar al enfrentar a su amante. Esa mujer consevirá tres hijos varones que brillarán por encima de las mujeres de tu tribu y suplicará a Diana que los convierta en tres hermosas mujeres para evitarles el sacrificio que tu despecho pueda causarles. Debes impedir que estas niñas crezcan o dominarán a las Amazonas como sólo hombres disfrazados de cordero pueden hacerlo.
- Disculpa, oh diosa, pero ¿por qué me adviertes de éste destino?
- ¿Eres o no la reina de las Amazonas, Otrera? Si los celos de Marte me costaron algún amante, los míos le costarán su preferida. – Con esto desapareció.
Casi un año más tarde las predicciones de la diosa se cumplieron. Antlia dio a luz a tres varones grandes y fuertes como su padre. Desdichada comenzó su canto a la diosa Diana, asistora de partos, cuando Otrera apareció ante ella con su guardia lista para arrebatarle los recién nacidos. Desesperada Antlia llamó a la diosa para que salvará a sus hijos y a ella de las garras seguras de la muerte en que se encontraban. La diosa escuchó su llamado y apiadándose de ella la elevó junto a sus hijos y la posicionó en el alto cielo rodeada de la Hydra, Pyxis, Vela y Centaurus.
11 de mayo de 2007
Senza paura del sacrilegio

Silencios profundizados
por aquello que no llega,
que se extravía en los murmullos
de millones de siluetas.
Ondas de dedos que gritan la paciencia
y el sentir arrebolado y sin apuros
del amargo cantar de la existencia
que corrupta de virtudes soñolientas
se quema en la sangre del poeta.
Piedras de crucifijos abstractos,
de religiones inexistentes en la tierra,
de un cielo y un infierno que manejan
tu vida al son de tus caderas.
Y mañana pedirás ya sin aliento,
con la lágrima del que no olvida nunca,
que se corrompa más allá de su tristeza
en el látigo calmado del sueño eterno
para olvidar las plumas caídas
por el clamor de tus alas sin vuelo
y la espera envenenada de su pecho.
Sacrilegio...
Sacrilegio de figuras...
y la "paura" latente del silencio.
8 de febrero de 2007
Morirme atragantada
Paladear sus palabras.Succionar sus gestos.
Tocar mi lengua en su mirada.
Morder mis ansias en su pecho.
Besar cada cana tras su oreja.
Saborear agonizante sus entrañas.
Morirme poco a poco entre sus uñas,
Y revivir arrebolada y blanda.
Beberme sus murmullos.
Bailar un tango horizontal de cama.
Socarronamente ensalivar su espalda.
Agonizar en sus uñas blancas.
Y respirar entre el cabello sudado que me cubre la cara.
Y mañana de nuevo me placeré en repitir todas estas acciones con las mismas ansias (o quizás otras, quizás más, quizás distintas o más calmas)…
Porque cada día contigo es una primera vez carnalizada... y cada aventura una pequeña muerte del alma que resucitará en la madrugada.
Soñar no cuesta nada

Sonó el teléfono entre los acordes de una canción de esas "remendables", es decir que uno nunca la canta bien y de todas formas como uno la canta se escucha mejor, y entre los pasos medio perdidos, medio encontrados y un tanto inventados me dirigí a contestarlo. Mis caderas se movían al ritmo de la canción mientras escuchaba a una de mis amigas al otro lado de la línea decirme cuan terrible su vida podía ser... La interrumpí, un tanto agresivamente (nada extraño en eso), exhortándola a ser precisa y dejar de rodear el asunto. Al final llegamos a un acuerdo. Saldríamos. Ambas necesitábamos despejarnos, olvidar por un rato los problemas, el trabajo, los amores frustrados de noches increíbles no-perdurables que se atascan en la memoria a falta de algo mejor que hacer, como dormir (Llevo cerca de dos años con un insomnio crónico. Digo, una vez pasa del mes es crónico, ¿no?) Como sea. Había un show sobre fetiches en el Newyorican en Viejo San Juan y quede de pasar por ella a eso de las 9 pm. Perfecto.
Llegamos un poco temprano al sitio porque Ariane me llamaba cada quince minutos a ver si ya había salido de la casa. ¿Cuál es la prisa de todas formas?, le dije. Quería llegar a tiempo para tener buenos asientos. ¡Como si un pub fuera tan exclusivo! Estaba un poco de mal humor, pero poco a poco me calmé. Estaba a reventar el sitio (de lleno). Como sea, el show fue genial, me reí, me maravillé, e incluso en varias ocasiones me sentí avergonzada, pero todo es parte del espectáculo. Luego del show, todo mundo salió del pub llenando el callejón de gente tan diversa, tan compleja, tan distinta en todos los aspectos y sin embargo, todos habíamos ido con la ida de ver el mismo show. Una banda de salsa comenzó a tocar y la música llenaba el callejón, nadie parecía darse cuenta entre las risas, las conversaciones demasiado estrepitosas y el humo de cigarrillo. Yo estaba un poco ebria, un poco nada más, por lo que decidí dejar de beber. Me toca guiar siempre, así que mejor tener cuidado. Ariane apareció y me arrastro por todo el callejón presentándome gente, le digo la Gobernadora, porque parece conocer a todo el mundo. Total que soy terrible con los nombres y cinco minutos después no estaba segura ni de recordar el mío. Logre escaparme de las presentaciones y me detuve cerca de una de las puertas para poder escuchar la música a gusto. Cerré los ojos y me deje llevar. Bailé sola durante unos cinco minutos poniendo toda mi alma en la tarea. Necesita algo que me quitara de la cabeza la sensación de soledad entre tumultos. De pronto, sin saber de dónde vino, quien era, o porque, me sentí halada fuertemente y abrí los ojos encontrándome con un hombre sonriéndome. Me dio una vuelta sin preguntar y antes de darme cuenta bailábamos riéndonos. Pegados, despegados, como solo la salsa te hala y te tira sin mucho esfuerzo y demasiado ritmo. Nunca había bailado así con nadie, como si estuviéramos perfectamente sincronizados. Fue como el momento kodak que anuncian por televisión, típicamente salido de una película a blanco y negro. Conocerlo fue un buen final para la noche.
Resulta que para bailar es para lo único que estábamos sincronizados. En todo lo demás, él iba muy deprisa, yo quizás demasiado lento y luego, simplemente, no nos hemos vuelto a llamar o a ver ni por casualidad. Quizás lo llame un día como hoy en que bailar es lo único que podría quitarme el comezón del alma, y el dolor del pecho. Mientras, seguiré bailando sola en medio del callejón, tal vez un día aparezca igual de repentino, me tome del brazo nuevamente… y esta vez (¿Por qué no?) bailemos hasta el amanecer.
4 de enero de 2007
El momento en que ahorcarán al famoso admirador de un troll
Al famoso admirador de un troll lo van a vestir de negro. Habrá flores y arroz que surcarán los aires ante el adiós desgarrador de su soltería. Le clavarán los pies al altar del pueblo y ella caminará tranquila. El troll que no es troll, ella que no es la otra... La que aguanta las miradas de los demás trolles que han quedado a sus espaldas. Se vestirá de blanco y puntilla porque la edad ya lo requiere, porque se lo merece, porque... ¿Qué importa el por qué? Ha vestido el admirador de trolles de novio recién casado, pero por más que limpie su cuerpo no podrá lavarle las manchas de los múltiples dedos verdes que se han posado en su espalda o las marcas de mis dientes que algún miércoles olvidó cubrir de su mirada.
Dedicado al famoso admirador de trolles que se casó el pasado 2 de diciembre.
Dedicado al famoso admirador de trolles que se casó el pasado 2 de diciembre.
4 de noviembre de 2006
El que nunca dijo adiós
He soñado con que te olvido, y ha sido un sueño placentero.
Me he sentado en la Iglesia (en mi sueño) en uno de los bancos, cruzado las piernas y alisado mi vestido negro. Mi sombrero de ala ancha cubria mi rostro, y debajo, mis ojos buscaban tu figura sin descanso. Te encontre de pie junto al altar, esperando... Mi rostro sin lágrimas te devoro con pasión y frialdad, con el sentimiento de aquello que se añora mas no se logra alcanzar. Me miraste, y alzé el rostro desafiante. Sonreí.
Aún recuerdo nuestro único beso...
Aquel que nos dimos en una noche oscura, sin querer, por casualidad del destino... ¡Que ironía perder lo que nunca se ha tenido!
Pero en mi sueño, con el peinado impecable, la figura en aquel traje de diseño que jamás tendré, y mis ojos perfectamente delineados soñé que no te extrañaría, que jamás volvería a ponerme nerviosa ante el sonido del teléfono móvil, cuando ponía en su pantalla tu nombre de telenovela barata.
Una vez terminada la ceremonia comenzaste tu avance lento, gatuno,hacia donde yo me encontraba. Tu figura en el pasillo me desequilibraba el alma y su mano en tu brazo me causaba nostalgia. Todo sucedió como planeado... Me levanté de mi silla lentamente y mis ojos buscaron los tuyos. Nos encntrabams a unos cinco pasos de distancia, ella frenó en seco su avance, y todos los ojos se posaron en nosotros como un partido de tennis. Sonreí y deje caer una lágrima como despedida....
Sé que escuchaste el sonido rítmico de mis tacones y que clavaste los ojos en mi espalda hasta que me perdí de vista. Sé que debiste bajar la cabeza con tu mirada fija en la punta de tus zapatos negros, porque la cobardía te habia llevado a donde estabas. Porque nunca tuviste el valor de negarle tu alma al destino cruel que lo domina.
Seguiré mi vida sin pensar en lo que hubieramos podido tener. ¿Para qué? Después de todo, espero no extrañarte, tanto dormida como despierta. Era mi sueño... espero se vuelva realidad. Espero que el semblante frío que logré dejar ver oculte completamente los deseos de llorar, el adiós cobardemente pasajero, el deseo y la añoranza que se esconden en mi corazón. Asi que adiós, yo conseguiré otro que junte los pedazos que dejaste esparcidos, y ella consolará tus carnes más no tu corazón. Ciao...
Sheila L. Ramos
28 de septiembre de 2005
8: 41 p.m.
17 de octubre de 2006
Carbones sudorosos

Soledad de martirios carbonizados en las secuencias oscuras de un alma revuelta por el afecto ajeno del que nunca recuerda el día de la resurección de tu cuerpo y su cuerpo enrredados entre un charco de esperma de vela, sábanas olvidadas en un baúl vaporoso, y una señal de miércoles de ceniza haciendo aún más morboso el encuentro de dos negros violentos sodomisándose en un viejo motel de la carretera vieja de Caguas con adornos egipcios. Al entrar 40 dólares y un pote de vaselina. Al salir amores jurados que se quedan en la esquina y una vez más padre y monaguillo en la misa del domingo.
Sheila L. Ramos
Universidad de Puerto Rico
17 de octubre de 2006
4: 38 p.m.
*Suspiro*

¿Amor? ¿Cómo se puede llamar amor el golpe precipitado, la patada directa a las costillas de un hombre que decía adorarte, que besaba tu rostro, y secaba tus lágrimas? Pero aguantas por amor, por ese amor que algún día sentiste, ese que hace unos años era tan bello, tan sublime. Los momentos horribles los cura la inconciencia, te dices mientras tirada en el suelo, en un charco de tu propia sangre, no puedes ver sino oscuridad, y piensas que al menos, pronto perderás el conocimiento. Y rezas, suplicas, y cuando al fin llega la oscuridad la abrazas con todo tu espíritu. Al despertar, vuelves al mismo martirio, al mismo calvario. Todo por él, porque no es su culpa, al menos eso dice. Es tu culpa, porque tú has cambiado, porque ya no lo tratas igual, porque ya no lo amas igual. Es tu culpa, te grita con cada golpe que te da. Y tú, pobre ingenua, pobre muchacha necesitada de afecto se lo crees. Porque él no era así, él era perfecto. Era guapo, bueno, exitoso, sensible… Era el hombre de tu vida. Lo que nunca pensaste era que el hombre de tu vida podría ser también el hombre de tu muerte. No es tu culpa… pero eso no lo verás porque los golpes te han hinchado los ojos severamente. Y el llega arrepentido, como otras veces, con un ramo de flores más grande que su conciencia y te pide perdón, repite la misma promesa de antes. “No lo volveré a hacer. Buscaré tratamiento para mi coraje. Te amo.” Y tú llorando, le vuelves a decir que sí. ¿Por amor o por miedo? No lo sabes pero no importa demasiado, tu cerebro ya está entumecido por los medicamentos para el dolor. Pasa un mes, y el regresa siempre de buen talante, feliz, te besa, te abraza, y ayuda al niño con las tareas. Tu hijo, ese pedacito de vida que hicieron juntos es lo único bueno que ha salido de esa relación. Lo sabes, por él no te puedes ir, porque adora a su padre. ¿Cómo separarlos? El niño sonríe y mira a su padre con ojos grandes, muy abiertos, expresivos, mientras le ayuda con las tareas. ¿Lo adora realmente o le teme? Una semana más tarde llega ebrio, tirando todo lo que encuentra en su camino, molesto pues la junta de trabajo no fue bien y perdió una cuenta muy importante. Intenta acercarse a ti, el niño se esconde tras tu cuerpo. Te planta un beso con olor a whisky y pega tu cuerpo a su cuerpo. Tu lo alejas con los brazos. “No, por favor. No.” Pero él te golpea, fuerte, rápido, en pleno rostro. El niño se asusta y grita. El padre lo toma por uno de sus pequeños brazos y alza la mano… ¿Qué haces? Es tu hijo, tu pedazo de sol en ese infierno. Tomas lo primero que encuentras y le das un golpe fuerte en la cabeza. Inconsciente, ha quedado insconciente. Sin perder tiempo, corres… por tu vida, por la de tu hijo. Momentos desesperados, riesgos… pero si esto no hubiera pasado, y si hubieras sido tú la que estuvieras inconsciente en el suelo. Quizás hubiera logrado matarte, por fin, ¿entonces qué? ¿Qué hubiera pasado con tu hijo? Una decisión a tiempo es importante… ¿Por qué la dejaste para tan tarde? Y correr, correr del maltrato físico, emocional, espíritual del que fuiste víctima por tanto tiempo. Correr… el resto de tu vida.
Sheila L. Ramos
16 de octubre de 2006
4: 04 p.m.
17 de septiembre de 2006
Safo encadenada

¡No te lo pienses y ataca!
Sacudeme el precipicio
entre tus faldas
de mujer energética y alterada.
Re-mátame con mi daga abandonada.
Encadéname la libertad
mientras bajo en picada
la alta cumbre de los celos
donde me has abandonado fatigada
y revuelta como muerta sin calma.
¡No desesperes, ataca!
Hazme sentir la muerte
en un soplo de vida
con el golpe de tu arma.
¡Desgárrame las entrañas,
oh, niña de rubios cabellos!
Separame el coraje del alma
y dejame seca....
pero en calma.
15 de septiembre de 2006
Respuesta
Una compañera cuentera leyó los anteriores relatos y me refirió a unos de ella... Mi contestación fue tristemente la siguiente:
"Un sentimiento que muchos hemos vivido... Ese amor de años que vivimos a través del computador. Enamorados del amor a la distancia como quién ama lo imposible, lo abstracto, lo inalcanzable... Enamoradas como nunca lo estaríamos del que está aquí, del que me mira cada mañana y me susurra extasiado, del que me consuela y me anima, del que acá intenta llenar el vacío del que nunca estará.... Del hombre que se esfuerza, se compadece, se interesa, del que me llama simplemente para saber como estoy y recuerda mi cumpleaños cada año el día antes. El hombre perfecto que si he encontrado no he sabido ver porque la sombra del que no está opacará siempre su presencia... ¡Maldito destino de mierda que nos prohibe percibir lo que nos conviene saber del que se queda y nos resalta extasiado, malévolo, todo lo magnífico del que nos abandonará cada noche sin poder evitarlo!
Enamoradas del amor... y ¿para qué negarlo? Un tanto masoquistas al estarlo...
Pero sin poder evitarlo, como todo lo que sin que nos convenga deseamos intensamente, seguiremos enamoradas del amor a la distancia... Hoy y siempre, por que el amor... el amor siempre será amor, como dijo mi viejo lobo, sin importar el medio, la época o el momento...
El amor a la distancia tiene el sinsabor amargo de lo inalcanzable y por ello el deseo de mantenerlo vivo eternamente... Así que, cada noche, inmortalizaré su rostro en mis pestañas por no poder inmortalizarlo en mi cuepro.
Ciao. Sheila."
"Un sentimiento que muchos hemos vivido... Ese amor de años que vivimos a través del computador. Enamorados del amor a la distancia como quién ama lo imposible, lo abstracto, lo inalcanzable... Enamoradas como nunca lo estaríamos del que está aquí, del que me mira cada mañana y me susurra extasiado, del que me consuela y me anima, del que acá intenta llenar el vacío del que nunca estará.... Del hombre que se esfuerza, se compadece, se interesa, del que me llama simplemente para saber como estoy y recuerda mi cumpleaños cada año el día antes. El hombre perfecto que si he encontrado no he sabido ver porque la sombra del que no está opacará siempre su presencia... ¡Maldito destino de mierda que nos prohibe percibir lo que nos conviene saber del que se queda y nos resalta extasiado, malévolo, todo lo magnífico del que nos abandonará cada noche sin poder evitarlo!
Enamoradas del amor... y ¿para qué negarlo? Un tanto masoquistas al estarlo...
Pero sin poder evitarlo, como todo lo que sin que nos convenga deseamos intensamente, seguiremos enamoradas del amor a la distancia... Hoy y siempre, por que el amor... el amor siempre será amor, como dijo mi viejo lobo, sin importar el medio, la época o el momento...
El amor a la distancia tiene el sinsabor amargo de lo inalcanzable y por ello el deseo de mantenerlo vivo eternamente... Así que, cada noche, inmortalizaré su rostro en mis pestañas por no poder inmortalizarlo en mi cuepro.
Ciao. Sheila."
14 de septiembre de 2006
Luego de la inmortalización lagrimosa en mis pestañas

Te inmortalizé en mis pestañas...
... el silencio ahogo mis lágrimas....
y ya solo me queda el recuerdo de algún tiempo mejor
en el que tu beso encuentre mi beso
como maldición
de errantes palabras y gestos
desperdiciados a son de vals
en un mundo como el nuestro.
Yo te inmortalizé en mis pestañas....
¿Tu contestación?
CRUEL SILENCIO Y UN PASAJERO "YA HABLAREMOS MAÑANA"....
10 de septiembre de 2006
Aprieto tu mano
Aprieto tu dedo y caminamos.
Tres años de palabras fugaces,
momentos furtivos,
y besos vacíos
no encuentran espacio
en el vaivén de dos fugados.
Aprieto tu dedo en mis pequeñas manos
y ya no siento el tiempo.
Veinti-tantos años
de rondar las calles de mi isla
no me han enseñado
sino sonrisas torcidas
por la memoria ajena
y algún revolcón regalado.
Soñar lo imposible
de aquel amor callado
y esperar...
Espera eterna de verdades.
¿Por qué será que el ser "Mejor"
nunca es suficiente?
¡Hombres!
No les interesa sino lo más fácil.
La rubia de cuerpo ensorullado
que se cree astronauta
y no sabe calcular un carajo.
La mujer egoísta y superficial
que resplandece ante el mal ajeno
y no cede hasta haber ganado.
La que busca perpetuamente separarnos...
¿Lo ha logrado?
Por temporadas pareciera soñado
el olvidar el simple gesto
de tomarnos de la mano.
El reconciliarnos
con un beso en la nuca
con sabor a cerveza y cigarro.
Pero recordaré siempre el ancho de tus brazos
alrededor de mi pecho,
el silencio de tu beso
en mi mejilla,
el roce de tus piernas
contra mis nalgas,
y aquel cigarrillo compartido
entre piropos olvidados
cortesía del chichaíto
que bebimos por no tocarnos
y que nos unió ante sus ojos,
los de aquella,
como dos amores, dos amantes,
dos amigos, dos hermanos,
dos locos de corazón enajenado.
Sin embargo, el único recuerdo
que deseo conservar embotellado
es: yo sentada en tus piernas
con mi mano en tu mano
y el susurro de un "Te amo"
haciendo cosquillas en mi oído...
Hoy solitario.
Inmortalizarte en mis pestañas

Anoche te inmortalizé en mi memoria.
Grabé tu rostro en mis pupilas
y tus gestos en mis manos.
Arrugé el rumor de tu voz en mis bocinas
y te dediqué la distancia
de una canción maltratada,
herida y solitaria.
Anoche inmortalizé la distancia
que separa tu cuerpo y el mío...
La añorable distancia de mares,
preparada para ahogarnos el destino.
Tú y yo... ¿existimos
o simplemente recordamos
existir entre semana?
Entre amores de pantalla
suplicados, jurados,
a son de eternidad.
Sin vernos las caras...
Dos locos enamorados
del amor a la distancia.
Con votos de fábula,
santidad y ceremonia elaborada.
Pero, ¿cómo evitarlo
si el sonido de tu voz
colado como pecado por mis bocinas
me rasga entrecortadamente el alma?
La risa malévola del destino
hace eco en mi garganta
al susurrar tu nombre,
al observar tus ragos marcados,
tu sonrisa pícara...
¡Que imaginación vivaz y desbocada
la que en las noches nos permite
el roce de besos extasiado!
¡Tantos años de amor enmascarado!
Somos pesadillas de júbilo
y espantos lagrimados.
Deseo abrirte el alma
al nível de mis manos
para confiarte,
mi más tierno anhelo
y mi recuerdo más pesado.
Pero me conformo...
momentáneamente esperando.
Sentiré cada noche
tus manos, tus brazos abrazarme,
y entre beso y beso susurrarme
locamente extasiado.
Hundir la cabeza a mi lado
y madrugarte en mis abrazos
para abandonarme cada mañana
y dejarme lloviendo con un olor fuerte
a azufre quemado
en mis pestañas
que entre gota y gota
se traga una nostalgia.
¡Dedicado a mi Manchego, donde quiera que estés!
4 de agosto de 2006
Al borde del precipicio
Sobre aquella montaña que caminé una tarde escribí la carta que aún me quema. Pero pensar en aquel suelo verde y el paisaje complejo ante mis ojos me llena de nostalgia el cuerpo. Añoro las tardes pasadas mirándo del balcón hacia abajo. Aquel risco de matorrales y a lo lejos las luces pequeñas de la ciudad como reflejo de las estrellas. Recuerdo estar aquí parada mientras llegaban a mis oídos las risas alegres, incrédulas, y extremadamente vivas que se colaban por puertas y ventanas en aquel rincón escondido del mundo. Aún las puedo escuchar e identificar claramente a quién pertence cada una de ellas. La risa fuerte de mi abuelo al bailar merengue en la sala, la risa gritona y jovial de la prima de mi madre que lo acompañaba, la risa baja y la sonrisa amplia de mi abuela que movía las caderas en el mismo sitio y la risa suave, delicada y muy femenina de mi madre que calentaba la leche para el café en la cocina. Es la risa que no heredé, el gen que se saltó el formar parte de mí. Tengo la risa de mi padre. Una risa fuerte, clara, alta y con un sonido un tanto maqueavélico a veces, como de bruja; pero es una risa poco utilizada. Pero aquel recuerdo que involucra tantas perosnas solo tiene un protagonista, mi abuelo. Mi querido viejo... Aún lo escucho hablar con aquel acento que no le he escuchado a más nadie, con el timbre fuerte, y la expresión burlona. Lo veo sentado en la mesa de comedor pequeña de aquella casa, con su tope en cristal que amenzaba con hacerse trizas en el suelo cada vez que lo tocabas. Su taza de café “puya” en las manos, la que había que ofrecerle cada vez que visitaba para que no se fuera a los dos minutos de llegar. Su sonrisa tenía algo de especial, de cómplice, como si tratara de recordarte un secreto que solo tú y él sabían. Cuando me abrazaba sentía todos sus huesos pegados a mi piel, apretándome. Eran tan alto, tan flaco, tan diferente a mí. Era un nómada, campesino, constructor, cocinero, soñador... lo era todo. Hacia de todo sin una queja y era tan voluble como pocos. Podía estar catorce años construyendo una casa, la casa de sus sueños, para luego venderla. Vender la casa de mis correrías de niña, mis sueños de volar y soñar en la hamaca del balcón. La casa a la que recuerdo debíamos subir por una escalera de madera que me paralizaba los músculos a la mitad de subir y bajar. La casa donde la cocina no tenía techo en el lado derecho, donde Tyson, el perro enorme de mi abuelo, me recibía ladrando desesperado y tumbándome al suelo con el peso de sus patas. Recuerdo las reuniones familiares cada Navidad. Mi abuelo había construido una pequeña casita sin paredes donde se preparaba el fogón. El lechón y el arroz al carbón, las viandas y todo lo que se pudiera se hacían allí. El olor a humo mezclado con carne aún me trae recuerdos... Solíamos poner tres mesas largas juntas en la marquesina en la que se acumulaban platos sanitarios, vasos, servilletas y las latas de Coca-Cola, Dr. Pepper o Coco Rico. Mientras los adultos cocinaban, los más chicos sacabamos una vieja bicicleta y subíamos la cuesta empinada que llevaba a la casa. La bicicleta no tenía frenos así que le tocaba siempre a alguno de nosotros el quedarse para detener a los que bajaban apresurados con los pies alzados en el aire. Siempre nos regañaba y amenzaban con hacer basura de la bicicleta pero mi abuelo nos hacia un guiño y volvía a guardarla en la cobija de los trastes viejos.
Siguen siendo los mejores años de mi vida aún cuando luego de tanto raspaso y golpe al bajar en bicicleta me ha causado un trauma eterno, y hasta el día de hoy no sé correr bicicleta ni me interesa demasiado aprender.
Mi abuelo era un hombre excepcional, honesto como ya no quedan, bueno, decente, trabajador, afectuoso con una adicción al café incurable. Murió hace... bueno, hace tiempo. No creo haberlo superado aún pero eso me ayuda a mantenerlo siempre presente. Lo extrañaré el resto de mis días, ¿cómo no hacerlo? Por eso te he traído aquí, para decirte que no deseo perder el poco tiempo que me queda. Que deseo verte, abrazarte, y besarte el resto de mi vida porque no somos eternas, realización que me ha caído de sopetón hace unos días. El amor nuestro lo llevamos, después de todo, en la sangre.
¿La carta que mencione al principio?
Aquella, mi niña, es la carta que escribí para olvidarte, en la que decidía abandonarte, no tenerte, no verte... La carta de mi cobardía, de mi razón sin sentimientos. La carta que nunca envié y que está presente como una llama dentro de mí. La que escribí para romper sobre el ataúd de un amor, de un anhelo, hace más de veinte años. La carta en que lo condenaba por abandonarnos precipitadamente... Ahora entiendo que no fue su culpa, que no fue planeado, que nunca pensó que me dejaría el trabajo de llenar con fotos el vacío de una voz, de unos brazos, de un amor sin límites, de un padre. Hoy vuelves a ser una niña con flecos y zapatitos blancos. Hoy tomaré tu manita en mis manos y volveré a transportarme al balcón aquel. Te enseñaré el paisaje de mi niñez que he convertido en mi pedacito de Edén para que lo compartas. Hoy te concederé observar mis pensamientos para que conozcas al bisabuelo del que te hablo sin parar como si de algo maravilloso se tratara, y al padre que nunca conociste pero que tenía la sonrisa más sincera que jamás he visto. Ellos, que no son sino un puñado de polvo en la tierra, aún bailan y ríen muy dentro de mí. Te abrazaré como ellos me abrazaron y te susurraré suavemente al oído que te amo y juraría que en un momento escucharé como por encantamiento las voces de aquellos que ya no están susurrarme en el viento como una nana que me arrullará el resto de mis días.
Sheila L. Ramos
Puerto Rico, Caguas-Carolina
24 Julio 06- 3:35 p.m.
01 Agosto 06- 4:00 p.m.
Siguen siendo los mejores años de mi vida aún cuando luego de tanto raspaso y golpe al bajar en bicicleta me ha causado un trauma eterno, y hasta el día de hoy no sé correr bicicleta ni me interesa demasiado aprender.
Mi abuelo era un hombre excepcional, honesto como ya no quedan, bueno, decente, trabajador, afectuoso con una adicción al café incurable. Murió hace... bueno, hace tiempo. No creo haberlo superado aún pero eso me ayuda a mantenerlo siempre presente. Lo extrañaré el resto de mis días, ¿cómo no hacerlo? Por eso te he traído aquí, para decirte que no deseo perder el poco tiempo que me queda. Que deseo verte, abrazarte, y besarte el resto de mi vida porque no somos eternas, realización que me ha caído de sopetón hace unos días. El amor nuestro lo llevamos, después de todo, en la sangre.
¿La carta que mencione al principio?
Aquella, mi niña, es la carta que escribí para olvidarte, en la que decidía abandonarte, no tenerte, no verte... La carta de mi cobardía, de mi razón sin sentimientos. La carta que nunca envié y que está presente como una llama dentro de mí. La que escribí para romper sobre el ataúd de un amor, de un anhelo, hace más de veinte años. La carta en que lo condenaba por abandonarnos precipitadamente... Ahora entiendo que no fue su culpa, que no fue planeado, que nunca pensó que me dejaría el trabajo de llenar con fotos el vacío de una voz, de unos brazos, de un amor sin límites, de un padre. Hoy vuelves a ser una niña con flecos y zapatitos blancos. Hoy tomaré tu manita en mis manos y volveré a transportarme al balcón aquel. Te enseñaré el paisaje de mi niñez que he convertido en mi pedacito de Edén para que lo compartas. Hoy te concederé observar mis pensamientos para que conozcas al bisabuelo del que te hablo sin parar como si de algo maravilloso se tratara, y al padre que nunca conociste pero que tenía la sonrisa más sincera que jamás he visto. Ellos, que no son sino un puñado de polvo en la tierra, aún bailan y ríen muy dentro de mí. Te abrazaré como ellos me abrazaron y te susurraré suavemente al oído que te amo y juraría que en un momento escucharé como por encantamiento las voces de aquellos que ya no están susurrarme en el viento como una nana que me arrullará el resto de mis días.
Sheila L. Ramos
Puerto Rico, Caguas-Carolina
24 Julio 06- 3:35 p.m.
01 Agosto 06- 4:00 p.m.
2 de julio de 2006
No digas nada
Gracias, él sabe quien es... por la frase...

Cuenta lo que sabes...
y calla lo que hacemos a escondidas.
Susurra, no respires y calla...
Calla lo que hacemos a escondidas.
Dile lo que sabes,
de lo que puede enterarse
pero silencia las salidas,
las ansias de amor en las esquinas.
Los deseos de morir entre quimeras,
entre excremento y sangre acumulada.
Calla...
El silencio es la única contestación que me hace falta.
Ya nada me debes,
ya todo está enterrado,
y entre buscar la búsqueda
olvidamos el asfalto.
Dí... Habla...
Susurra murmurando
aquella última palabra.
Mañana tu lengua
se habrá podrido
de tanto hablar vaporando
y entre lágrima de vidrio
saldrá el cocodrilo de mis brazos.
Acompañame un momento
al cuarto aquel
de mis refugios extraviados.
Rózame... bésame apasionado,
pero hazlo callado
apenas respirando.
O mejor aún...
Susurra, no respires,
calla... ¡por tu vida calla!
que si el viento nos escucha
querrá encerrarnos
en el cuarto iluminado
donde tu piel y la mía
son cegadas por espantos.
Donde los gusanos
nos carcomen
entre vapores apestados.
Calla...
No susurres, no grites,
no hables, ni siquiera abaniques
las penas, los formatos.
Olvida que existimos
y debórame lentamente...
Saboreando...
El pecado,
la herejía,
el sindicato,
y la manía de mordernos los labios
y succionar otras manos.
Espétame el cigarro
muy profundo en mis pedazos
de potranca que no siente
sino el silencio
de beber angustiada
la violencia, la oscuridad,
de tu deseo y el mío
en la vieja recámara.
El colchón,
mugriento de pasiones,
nos deja impregnados
otros amores
que jamás serán mejores
que tu silencio y mis ansias.
Así que calla...
Calla hasta que muera asfixiada
y derrama el manantial
de tu piel y mis letras
contra el viejo armario.
Susurra, no respires, y calla...
Calla lo que hacemos a escondidas
en las viejas esquinas
al tocar el alba.

Cuenta lo que sabes...
y calla lo que hacemos a escondidas.
Susurra, no respires y calla...
Calla lo que hacemos a escondidas.
Dile lo que sabes,
de lo que puede enterarse
pero silencia las salidas,
las ansias de amor en las esquinas.
Los deseos de morir entre quimeras,
entre excremento y sangre acumulada.
Calla...
El silencio es la única contestación que me hace falta.
Ya nada me debes,
ya todo está enterrado,
y entre buscar la búsqueda
olvidamos el asfalto.
Dí... Habla...
Susurra murmurando
aquella última palabra.
Mañana tu lengua
se habrá podrido
de tanto hablar vaporando
y entre lágrima de vidrio
saldrá el cocodrilo de mis brazos.
Acompañame un momento
al cuarto aquel
de mis refugios extraviados.
Rózame... bésame apasionado,
pero hazlo callado
apenas respirando.
O mejor aún...
Susurra, no respires,
calla... ¡por tu vida calla!
que si el viento nos escucha
querrá encerrarnos
en el cuarto iluminado
donde tu piel y la mía
son cegadas por espantos.
Donde los gusanos
nos carcomen
entre vapores apestados.
Calla...
No susurres, no grites,
no hables, ni siquiera abaniques
las penas, los formatos.
Olvida que existimos
y debórame lentamente...
Saboreando...
El pecado,
la herejía,
el sindicato,
y la manía de mordernos los labios
y succionar otras manos.
Espétame el cigarro
muy profundo en mis pedazos
de potranca que no siente
sino el silencio
de beber angustiada
la violencia, la oscuridad,
de tu deseo y el mío
en la vieja recámara.
El colchón,
mugriento de pasiones,
nos deja impregnados
otros amores
que jamás serán mejores
que tu silencio y mis ansias.
Así que calla...
Calla hasta que muera asfixiada
y derrama el manantial
de tu piel y mis letras
contra el viejo armario.
Susurra, no respires, y calla...
Calla lo que hacemos a escondidas
en las viejas esquinas
al tocar el alba.
Ella

Olvidé abrazarme
mientras te abrazaba
y encontrarme
fue agonía para el alma vieja
de mis amaneceres.
Mujer de otra noche sin mañana
decora de éxtasis la fantasía de este mundo.
Esparce tu carne,
regálame tu sabor.
Véndeme el orgasmo,
y soborname el corazón.
Abre tus caderas bajo la yerba fresca,
recorre con tus manos
tu cuerpo adolescente
y entre mirada y suspiro,
enseñame a olvidar.
Olvidar, dulcemente, que otra me espera
junto a la puerta de la casa aquella
de mis aventuras juveniles.
La que me espera maleta en mano
para decirme adiós.
No la culpo, ¿para qué?
Ella es de otro y yo olvidaré
su perfume entre tu sabor de niña
y tu cuerpo de mujer almidonada.
Entre tu saliva y su recuerdo
tocaré un vals antiguo, perezoso,
excitante y pasional.
Bailaré en tu cuerpo...
¡Pero no dejes, niña,
que te toque el alma!
Despídeme con una lágrima
y recuérdate entre mis dedos.
Cuando el compás de otro cuerpo
y el ritmo de otro latir
llene tu cama...
Recuérdate, muñeca, entre mis labios.
Luego...
desecha la memoria
o un lamento traicionero
adornará el camino
que trase tu cuerpo
cuando cambies de sendero
hacia otra cama.
9 de junio de 2006
Curvas de almohada

El pecado de tu piel
atada a mi piel.
La decadencia de la miel
que suda el impacto
del eyaculado.
El momento en que el acto
de morder
se vuelve apreciado.
Ya nada me mueve
más que tu cuerpo ahuecado.
Me masturbo tiritando
ante tu falo mojado.
Te deseo intensamente
como yegua en celo
de un caballo amarrado.
Me relambo, me tieso,
me vuelvo un cero
ante el encuentro
de tu piel en mis manos.
Mis caderas retumban
al paso que tus dedos trasan
sobre mi cintura.
Me volteas y me agarras fuertemente,
me pegas tu pene erecto, pendiente
del orificio violado.
Buscó con mi espalda
tu pecho sudado,
tus vellos enrredados,
y me amarro a tu cuello.
Me apartas el pelo,
me muerdes el hombro
y entre asombro
y tortura, tomas mis senos
apretando, apretando...
frotando...
el círculo rosado
y me penetras
una...dos...tres...
he perdido la cuenta.
Cada vez más potente,
más largo,
cada vez más salvaje,
más rápido.
Las rodillas tiemblan
y caemos enrredados
en la cama,
llenando de sudor las sábanas.
Empujas hondo,
cada vez más hondo
hasta donde ya no sabemos distinguir
tu cuerpo y mi cuerpo.
Exprimes mi sentir
y me susurras...
Nada de palabrerías,
de promesas perdidas
en los atardeceres de lluvia.
Simplemente silencio murmullado...
Agonía revuelta
de blanca esperma,
¡digo ESPERA!
El orgasmo me abraza,
el mundo me tiembla pesado.
Suspiro anhelando
tu leche en mis entrañas
y siento llenarme
luego de varias empujadas.
Extenuado me abrazas,
besas mi cuello
y entre cansancio y desvelo
me susurras sonriente
como ausente y presente:
"Curvas de almohada"
hasta quedar dormido
en mis espaldas.
Ella no soy yo...

Desconfío de tu anatomía,
de tu risa vespertina,
de tu angustia escondida
por mudar toda una vida.
Ya no sé bien quien eres
y no me reconoces por quien soy.
La angustia de ser otros seres
nos enfurecen el hoy.
Ya olvidé cuanto te quise
Tu calor, tu sabor...
Tú olvidaste la primera vez que me viste
Mi sexo, mi olor...
Amárrate a mis carnes
de socialista amaestrada
en una soledad.
Envuélvete una vez más.
¡No me hagas suplicar!
¡Eres mío!
Regresa a mí...
Olvida aquella rubia oxigenada,
anarquista despiadada.
Olvida su silueta de muñeca,
su mueca
de niña con perreta.
Recuerda mis formas curvas,
mis pechos blancos,
mi cintura abierta.
Mis gemidos de Boricua,
tropical, mujer, arena.
Vida de arrabales,
de noches bajo las palmeras.
Mi sabor de latina
enmendada en amores
y atardeceres bajando cremalleras.
Recuerda el guiño de la primera vez,
la vieja palabra y el "No te olvidaré".
Comparame con ella...
Con su sobriedad y gallardo,
su humedad fabricada,
su espontaneidad de antaño
más fría que una nevada.
Sus cabellos claros,
su piel áspera, arrugada,
su naturalidad ensayada.
Su sonrisa de engaño,
y su alfabeto en inglés
que no le para bolas al castellano.
¡Comparame con ella!
y verás...
que la que alienta tus noches no es ella.
La que te hace olvidar la corbata,
los modales, las palabras,
la que te excita y te embelesa
es esta chica puertorra
que olvidaste a orillas
de algún río entre Fajardo y Aguadilla.
No te pido que de ninguna te despidas.
Solo ten presente, amor,
que como me muevo yo
no hay gringa,
italiana, checa, argentina,
que te dispare el corazón.
Y es que así es la mujer boricua,
que no se detiene ante un "¡No!"
y trabaja con sonrisa y picardía
para dejarte en cueros
bien atado por los pelos
al mastil de su son.
¡Y recuerda que ella no soy yo!
Lola
Lola caminaba sola.
Tiene 7 años y cabellos rubios.
Lola se encuentra a Pedro.
Lola juega con Pedro.
Pedro tiene 10 años.
Cabello negro y tez oscura.
Lola juega con una pelota de Pedro.
Lola acaricia la pelota
suavemente, trágicamente.
Lola encuentra otra pelota
justo al lado de esa.
Lola la manosea
suavemente, trágicamente.
Se aburre y encuentra un palo.
Lola acaricia el palo
y agarrándolo fuertemente
empieza un movimiento
arriba, abajo
arriba y abajo.
Pedro grita y se retuerce.
Lola sigue arriba y abajo
suavemente, fuertemente,
trágicamente, angustiosamente.
Pedro grita sonoramente
y queda inmóvil, como inconsciente.
Lola para...y comienza a correr por el bosque.
Pedro ha quedado muerto por los golpes de Lola.
Lola, risueña,
sonríe por primera vez en mucho tiempo.
Tiene 7 años y cabellos rubios.
Lola se encuentra a Pedro.
Lola juega con Pedro.
Pedro tiene 10 años.
Cabello negro y tez oscura.
Lola juega con una pelota de Pedro.
Lola acaricia la pelota
suavemente, trágicamente.
Lola encuentra otra pelota
justo al lado de esa.
Lola la manosea
suavemente, trágicamente.
Se aburre y encuentra un palo.
Lola acaricia el palo
y agarrándolo fuertemente
empieza un movimiento
arriba, abajo
arriba y abajo.
Pedro grita y se retuerce.
Lola sigue arriba y abajo
suavemente, fuertemente,
trágicamente, angustiosamente.
Pedro grita sonoramente
y queda inmóvil, como inconsciente.
Lola para...y comienza a correr por el bosque.
Pedro ha quedado muerto por los golpes de Lola.
Lola, risueña,
sonríe por primera vez en mucho tiempo.
Correspondencia Tardía
Ella...
La mujer que espera
las cartas inexistentes.
La atrevida de una noche
que olvidó hacer las palabras
más sonoras, movibles, gesticuladas.
Las palabras inmóviles,
cerradas ante la humedad
y aquella caja plástica,
que es la misma que se interpone
entre pierna y pierna
guardando soñares de fábula.
Pero a ella...
Ya nada la consuela
sino su palabra escrita
en tinta pasada.
Ya nada la contenta
sino su beso perdido,
su deseo lejano,
su amor escondido.
¡Ella siempre será ella!
Será siempre la mujer rizada
de ébano hasta la espalda.
La mujer pintada
de fango seco,
y algún que otro árbol maltratado.
La mujer de risa potente,
y dientes blancos.
La que ves de pie en medio del tumulto
sin maleta, cartera o bulto
esperando al que se fue hace mucho.
Lo espera sin prisa
porque la carta llegó al fin,
después de tantos años,
con el olor de antaño
impregnado en las letras
y el espanto a muerte
dormido a un costado.
La mujer que espera
las cartas inexistentes
sigue esperando...
pero ya no por letras
impresas en papel cellado
sino por un ataúd cerrado.
La mujer que espera
las cartas inexistentes.
La atrevida de una noche
que olvidó hacer las palabras
más sonoras, movibles, gesticuladas.
Las palabras inmóviles,
cerradas ante la humedad
y aquella caja plástica,
que es la misma que se interpone
entre pierna y pierna
guardando soñares de fábula.
Pero a ella...
Ya nada la consuela
sino su palabra escrita
en tinta pasada.
Ya nada la contenta
sino su beso perdido,
su deseo lejano,
su amor escondido.
¡Ella siempre será ella!
Será siempre la mujer rizada
de ébano hasta la espalda.
La mujer pintada
de fango seco,
y algún que otro árbol maltratado.
La mujer de risa potente,
y dientes blancos.
La que ves de pie en medio del tumulto
sin maleta, cartera o bulto
esperando al que se fue hace mucho.
Lo espera sin prisa
porque la carta llegó al fin,
después de tantos años,
con el olor de antaño
impregnado en las letras
y el espanto a muerte
dormido a un costado.
La mujer que espera
las cartas inexistentes
sigue esperando...
pero ya no por letras
impresas en papel cellado
sino por un ataúd cerrado.
Curvas borincanas
Curvas borincanas
perdidas, extraviadas,
entre tu pasión y la mía...
Curvas olvidadas
entre las sábanas bañadas
de nostalgias ensangrentadas...
¿Eran tus curvas o las mías
las que susurraban
viejos boleros desnotados
bajo aquella luna
o eran palabras flotantes
de vaporosa espera?
Ya la verdad no recuerdo nada
que no sea tu sabor de mujer,
cándida, violenta,
reventada en pasiones y
anocheceres de madreselva.
Mujer sin pares, ni vueltas
mujer de ardores razgados,
notas embrujantes
ojos magullados, espectantes,
como búho pendiente del avance
del ave de presa tras su pelaje.
Mujer, morena...
Curvas de cuatro bajo una palmera,
radio de telenovelas antiguas,
voces profundas y traicioneras,
sonidos de puertas
y susurros de otros que no cesan.
Mujer, borincana...
refugiada de olvidos
y ríos amantes
que acurrucan su sueño.
Cónyuge del monte,
cabellera de cielo roto.
Julia, Clara, Mariana,
eres todas enrredadas...
Pero un día gritarás
arrebatada, desecha,
inclinada a matarme
de una vez y con pruebas
porque lo único que de mí obtienes
aunque nada me queda,
son palabras y palabras
simples palabras pasajeras...
Palabras de amor, de pasión,
pintadas de rosa y azul turquesa.
Palabras sonoras que nadie escucha
que han perdido importancia
ante la espera.
Espera de acciones de amor desfrenado
que no se oculten tras besos y abrazos
al momento de unir una vez más
tus curvas de cuatro boricua
y mis caderas de sirena deslunada
rememorada de palabras...
Palabras pasajeras...
2 de mayo de 2006
Al famoso admirador de un troll
Entre los amaneceres de insomnio
perdiste mis curvas
por andar con aquel cuerpo extraño
una noche de lluvia.
Es un hábito ya compulsorio,
irracional, bélico, ansiado
el andar puteando
con cuanto troll mal peinado
te mueve la anatomía.
Y aunque yo se que la mía
no es perfecta
tú te fuiste a besuquear a aquella
que era
dos veces mi tamaño
con piel cetrina y áspera,
una doble papada
como una fruta expirada
atascada en sus entrañas.
Ya te dije que explorarías
otros montes
pero ¡demonios! ¿Tenías
que meterte
hasta el cuello
en aquel vertedero
con aquella mujer de pántano?
Por mi madre, que aquello,
aún no he podido olvidarlo.
Y no es que fuera otra,
sino que el insulto
está en la puercada.
Te dije que besarías otros labios
pero ¡carajo!
aquella aspiradora
si te succionaba el rabo
seguro te lo dejaba tajeado.
Así que repito,
Entre cerveza y cerveza, púdrete.
Entre cigarro y cigarro, bésala.
Ella será la chica de hoy,
otra será mañana
pero yo, más nunca en tu cama.
Quizás extrañe tu cuerpo musculoso
y aquella última nalgada;
pero el pensar en las manos verdes
de aquel troll en tus espaldas
susurrando el ¡Puñeta!
que de mis labios reclamabas
me quita cualquier deseo
de bailar contigo en la cama.
Donde dejaste los espejuelos
dejaste la vergüenza,
te lo digo sin rodeos
mientras ella te besa.
Goza...
Gózate la idea suicida
de no volverme a ver.
Serás aquel
que abandoné
sin pésames,
súplicas o nostalgias.
Entre promesa y reproche
te quedarás esperando
aquel último roce
de tu piel y mis manos.
Adiós, hombre de las mil sábanas
de las mil excusas de recámara.
Ya encontraré otro que habite mis almohadas.
No necesito tu calor, ni tus ansias
para sentirme deseada.
Así que en vez de esperar tu llamada
esperaré otro nombre
que me lleve directo hasta su cama.
perdiste mis curvas
por andar con aquel cuerpo extraño
una noche de lluvia.
Es un hábito ya compulsorio,
irracional, bélico, ansiado
el andar puteando
con cuanto troll mal peinado
te mueve la anatomía.
Y aunque yo se que la mía
no es perfecta
tú te fuiste a besuquear a aquella
que era
dos veces mi tamaño
con piel cetrina y áspera,
una doble papada
como una fruta expirada
atascada en sus entrañas.
Ya te dije que explorarías
otros montes
pero ¡demonios! ¿Tenías
que meterte
hasta el cuello
en aquel vertedero
con aquella mujer de pántano?
Por mi madre, que aquello,
aún no he podido olvidarlo.
Y no es que fuera otra,
sino que el insulto
está en la puercada.
Te dije que besarías otros labios
pero ¡carajo!
aquella aspiradora
si te succionaba el rabo
seguro te lo dejaba tajeado.
Así que repito,
Entre cerveza y cerveza, púdrete.
Entre cigarro y cigarro, bésala.
Ella será la chica de hoy,
otra será mañana
pero yo, más nunca en tu cama.
Quizás extrañe tu cuerpo musculoso
y aquella última nalgada;
pero el pensar en las manos verdes
de aquel troll en tus espaldas
susurrando el ¡Puñeta!
que de mis labios reclamabas
me quita cualquier deseo
de bailar contigo en la cama.
Donde dejaste los espejuelos
dejaste la vergüenza,
te lo digo sin rodeos
mientras ella te besa.
Goza...
Gózate la idea suicida
de no volverme a ver.
Serás aquel
que abandoné
sin pésames,
súplicas o nostalgias.
Entre promesa y reproche
te quedarás esperando
aquel último roce
de tu piel y mis manos.
Adiós, hombre de las mil sábanas
de las mil excusas de recámara.
Ya encontraré otro que habite mis almohadas.
No necesito tu calor, ni tus ansias
para sentirme deseada.
Así que en vez de esperar tu llamada
esperaré otro nombre
que me lleve directo hasta su cama.
28 de abril de 2006
Tiempo perdido...
Una noche de pasión desenfrenada
con aquél hombre sin cara
que abandoné al amanecer.
No lo he vuelto a ver...
¡Que agonía revolotea mis venas!
Es como ocultarme en un agua sin cauce
donde el ayer y el momento
solo tienen un dios:
"Carpe-Diem".
Lo escucho susurrame agonizante
entre tu piel y mis carnes.
Soy la despachada del amor,
vagabunda sin días,
reina de la noche
que no escucha razones.
Has de mis fosiles algo digno de un museo.
Reconoce el arte arquitectónico de mi extraña figura.
¿Para qué cuestionar?
Entre cerveza y cerveza, abrázame.
Entre cigarro y cigarro, bésame.
¿Quién se enterará? Todos. ¿Y qué?
La noche nunca será joven...
Tómame hoy que no abrá mañana.
Porque tu mirada pronto encontrará otra geografía.
Explorarás otros montes.
yo seguiré aquí, todos los días
con mi poesía expirada de siglos de alma ligera,
y el recuerdo que aquel miércoles pasado, ya lejano,
en la parte trasera de aquel viejo carro,
al que sucedería el poema ya olvidado.
¡Aprovéchame!
Porque aunque de colonia vengo, colonia no soy.
No me ataré a tus carnes de libertino atado.
Entre cigarro, cerveza y caricia, déjate llevar.
Yo haré igual...
Ella no se enterará.
Esta noche no se repetirá
y yo seguiré aquí
leyendo mi poesía barata
sin más nada que esperar
que otro miércoles de bohemia
y otro hombre en mis almohadas.
con aquél hombre sin cara
que abandoné al amanecer.
No lo he vuelto a ver...
¡Que agonía revolotea mis venas!
Es como ocultarme en un agua sin cauce
donde el ayer y el momento
solo tienen un dios:
"Carpe-Diem".
Lo escucho susurrame agonizante
entre tu piel y mis carnes.
Soy la despachada del amor,
vagabunda sin días,
reina de la noche
que no escucha razones.
Has de mis fosiles algo digno de un museo.
Reconoce el arte arquitectónico de mi extraña figura.
¿Para qué cuestionar?
Entre cerveza y cerveza, abrázame.
Entre cigarro y cigarro, bésame.
¿Quién se enterará? Todos. ¿Y qué?
La noche nunca será joven...
Tómame hoy que no abrá mañana.
Porque tu mirada pronto encontrará otra geografía.
Explorarás otros montes.
yo seguiré aquí, todos los días
con mi poesía expirada de siglos de alma ligera,
y el recuerdo que aquel miércoles pasado, ya lejano,
en la parte trasera de aquel viejo carro,
al que sucedería el poema ya olvidado.
¡Aprovéchame!
Porque aunque de colonia vengo, colonia no soy.
No me ataré a tus carnes de libertino atado.
Entre cigarro, cerveza y caricia, déjate llevar.
Yo haré igual...
Ella no se enterará.
Esta noche no se repetirá
y yo seguiré aquí
leyendo mi poesía barata
sin más nada que esperar
que otro miércoles de bohemia
y otro hombre en mis almohadas.
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